Las variantes alternativas de familia constituyen ya una cuarta parte de la totalidad de las familias alemanas. “Una quinta parte de la población son solteros.” “En uno de cada diez hogares vive por lo menos un ciudadano extranjero.” La Oficina Federal de Estadística informa cada vez con mayor frecuencia de tendencias que describen el meteórico aumento de nuevas formas de vida. Surgen en el contexto de la evolución demográfica, de la emancipación de la mujer y de la inmigración en una sociedad moderna y abierta cada vez más individualizada y móvil. Hace tiempo que se han consolidado las familias unipersonales, los pisos compartidos, las familias reconstituidas o patchwork, los matrimonios binacionales, las parejas de hecho homosexuales o las relaciones a distancia. La familia con dos hijos sigue siendo el modelo de familia más extendido, pero hoy en día el porcentaje de menores en edad preescolar de parejas de hecho ya es el más elevado. Aun así, no se puede hablar en absoluto de una disolución del núcleo familiar. Un 72 por ciento de los jóvenes de 12 a 25 años opina que se necesita una familia para ser feliz. En lo único que discrepan es en cómo debe ser esa familia, y la familia tradicional con una separación de roles estricta –el padre como sustentador, la madre como ama de casa– es ya tan sólo uno de los muchos modelos.
Zeynep Yüksek, 27, médica
Zeynep Yüksek es oriunda de Estambul y vive en Fráncfort del Meno desde hace nueve años. Estudió medicina en la Universidad Goethe y ahora trabaja en una clínica psiquiátrica en Offenbach. Zeynep está soltera y desde septiembre comparte piso con Fabian en la Ost-Zeil, la zona de tiendas de la ciudad.
Soltera en la gran ciudad
Zeynep Yüksek abre la puerta del pequeño balcón francés. El ruido penetra en la casa. Abajo, lucen los letreros de neón de las tiendas de descuento de ropa y las agencias de viajes. Los comerciantes están cerrando sus negocios; poco a poco se van llenando los restaurantes chinos, vietnameses y turcos.
“Desde aquí se ve el perfil de la ciudad.”
A Zeynep le gusta el ajetreo de la gran ciudad. Cierra la puerta del balcón francés, pone una banda sonora y se acomoda con una copa de vino en el sofá del gran salón. Hora de relajarse. Su trabajo en la psiquiatría, cinco días a la semana, es duro. En la estación de adictos suele tener que ver a menudo con diagnósticos dobles, es decir, con una dependencia en combinación con una enfermedad psíquica. Pero ella sabe cómo manejarlo. El yoga y sus aficiones culturales le sirven de equilibrio. Ayer vio la última película de Sophia Coppola tras un turno de 24 horas. “Somewhere” – En algún lugar. ¿Dónde se siente en casa?
“En Fráncfort y en Estambul. Fráncfort es una ciudad abierta, internacional. Aquí todos son de Fráncfort, no importa de dónde procedan. Me siento bien aquí. El aeropuerto no está lejos, sólo necesito seis horas de puerta a puerta y voy a ver a mi familia en Estambul cinco veces al año. Fráncfort es mi segundo hogar, pero Fráncfort no puede sustituir a Estambul.”
Zeynep disfruta de la libertad de su vida de soltera entre dos mundos. La única relación de pareja que parece importarle ahora mismo es la de las dos grandes ciudades, Fráncfort y Estambul.
Wolfgang Schott, 50, agricultor
Maria Held, 53, profesora
Wolfgang Schott es de Vogelsberg, estudió agronomía en Gießen y desde 1981 tiene una granja ecológica en Kirchbracht. Su mujer, Maria, es de Emsland. Ella es maestra en un colegio de formación profesional de Nidda. Tienen tres hijos. Las dos hijas, Friederike, 27, y Johanna, 22, van a la universidad. Henrik, 17, aún va al colegio.
Un agricultor ecológico en el campo
La dirección es “Unterdorf” (pueblo de abajo). Esto genera confusión, puesto que la granja “Regenbogenhof” se halla en lo alto de la colina. Wolfgang Schott se vino a vivir aquí y construyó una casa de madera y un granero enorme con el dinero procedente de la agricultura ecológica. Cultiva 27 hectáreas en las que ha plantado trigo, centeno y espelta, recolecta el grano, lo muele y lo utiliza para hacer pan. A esto hay que añadir los árboles frutales. Wolfgang, fornido y con una melena de highlander, suelta la puerta del granero para que se cierre y entra en la casa. La chimenea está encendida y le añade leña. Su mirada se pierde por la colina a través de la ventana.
“Nunca me planteé marcharme de aquí. A la gente de Vogelsberg no le gusta dejar su granja, están muy enraizados en su tierra.”
Sin embargo, Wolfgang viaja más que muchos de los que viven en la ciudad. Recorre casi 1000 kilómetros cada semana para vender fruta, verdura y su propio pan en mercados o a supermercados o para cumplir con sus obligaciones como presidente de la asociación Bioland de Hesse. Durante el fin de semana disfruta de su pasión excursionista y sale a descubrir lo que se esconde detrás de la colina. Los días que está en forma recorre 100 kilómetros. Esta noche, sus hijos están en casa. ¿Seguirán sus pasos?
“Primero tienen que salir. Unos cinco años, para no decaer en esta sencillez. Y eso se pasa cuando uno vuelve, no importa en el lugar del mundo en el que se haya estado.”
Amelie Hartmann, 7, escolar
Anke Hartmann, 34, profesora
Daniel Stern, 29, estudiante de arte
Alexander Schmidt, 39, médico
Amelie Hartmann es la hija de Anke Hartmann y Daniel Stern. Se separaron hace cinco años, pero aún viven en la misma casa, junto a la plaza del mercado de Bad Camberg: Anke y su hija en la primera planta, Daniel en la planta baja. Anke tiene una relación con Alexander Schmidt desde hace cuatro años. Él también vive en Bad Camberg, separado de su mujer y dos hijos.
Una familia reconstituida en una pequeña ciudad
Daniel coloca sobre la mesa de la cocina un recorte del periódico “Frankfurter Allgemeine Zeitung”: “La fingida felicidad familiar – ¿Es realmente la familia reconstituida el modelo del futuro?” Se trata de una nueva forma de vida: ser feliz con una nueva pareja e hijos de relaciones anteriores. El artículo lo analiza críticamente, sobre todo, el papel de los hijos.
“Vivimos como una familia reconstituida, pero no nos identificamos con esa afirmación. Nuestra hija está bien. Para mí es importante ver crecer a mi hija.”
Daniel ve a su hija cada día, en realidad, tanto como antes, cuando aún vivía con Anke. La carrera de arte le permite organizar su tiempo con bastante libertad. Se pone de acuerdo con Anke, aunque prácticamente no hace falta. Se llevan bien. Muchas noches cocinan juntos y Alexander trae a sus dos hijos, que pasan con él dos días a la semana. Viven con su ex-mujer, que a su vez tiene una nueva pareja con dos hijos. Cuando Anke, Daniel, Alexander y los niños se sientan a la mesa, el complicado entramado familiar no plantea ningún problema. Al contrario, es evidente que a Amelie le gusta la compañía. ¿Y qué piensan los vecinos?
“Ése hubiera sido un motivo para marcharse. Puede que en las grandes ciudades sea de otra manera, pero en la católica Bad Camberg se cotilleó hasta que se separó la siguiente pareja.”
¿Se irá Anke a vivir con su novio dentro de poco? ¿Volverá Daniel a tener novia? Todo es posible.
Barbara Mayer, 66, jubilada
Barbara Mayer procede de la región de los Montes Metálicos, estudió sociología en Berlín y vive en Darmstadt desde 1972, donde impartió clases en una escuela técnica superior. Desde hace tres años está jubilada y desde hace dos años vive con su marido, Günter, en “Wohnsinn”, un proyecto de viviendas multigeneracionales en Darmstadt-Kranichstein.
Pensionista en una casa multigeneracional
“¿Busca a alguien?” “Sí, a la Sra. Barbara Mayer.” “Vive en Wohnsinn 2. Es la entrada siguiente.”
A Barbara Mayer la conocen en el barrio. Abre la puerta, en cuanto suena el timbre, sonriente, alegre, un poco alterada y orgullosa. “Wohnsinn” es un poco su proyecto, puesto que participó en él desde un principio, desde que surgió la idea en un grupo pequeño, pasando por la iniciativa y la asociación, hasta la cooperativa que ha realizado el proyecto. En 2004 se completó la primera fase y en 2008 la segunda. Ahora viven 140 personas en la urbanización. Jóvenes y mayores, familias y solteros, con mayores y menores ingresos. Viven en comunidad y se ayudan mutuamente.Barbara Mayer incluso ha comprado un piso con su marido.
“Mi motivación viene de lejos. Mis padres pudieron ser cuidados en casa por sus tres hijas hasta su muerte. Cuando murieron, me pregunté de pronto: ¿Quién cuidará de mí cuando me haga mayor? Tengo un hijo, pero vive en Berlín. Así que decidí aprovechar todos los recursos disponibles hoy en día...”
Sobre la gran mesa redonda del salón están extendidas las facturas de los gastos de la comunidad. Barbara Mayer se ocupa de ello de forma voluntaria. Es una persona comprometida que siempre se ha involucrado en iniciativas. Cuando era universitaria colaboró en un centro para cuidar a niños después del colegio, después creó un centro cultural y un centro cultural para mujeres. En Darmstadt, participó en la asociación del barrio para impulsar el desarrollo de Kranichstein, una zona bastante abandonada en aquel entonces. Y, por último, luchó por la creación de “jardines interculturales”. La idea proviene de la ayuda a los refugiados. Consiste en la explotación en común de terrenos baldíos, lo cual aporta una nueva sensación de hogar a los inmigrantes.
“Siempre hay algo que hacer. ¿Por qué voy a leer novelas? Es tomar prestadas otras vidas. Yo prefiero pasar el tiempo con otras personas. La comunidad es algo extraordinario.”
Michael Zipf, 47, periodista
Martina Zipf, 49, fisioterapeuta
Yannick, 17, escolar
Julian, 13, escolar
La familia Zipf vive en Oftersheim. Aquí creció Michael Zipf. En 1997, él y su mujer hicieron realidad su sueño de tener una casa de madera de bajo consumo energético.
Una familia con una casa de bajo consumo energético
A la una todos se reúnen en casa para comer. Los niños vienen del colegio, la madre del consultorio y el padre del segundo piso, donde tiene su oficina para los días que trabaja desde casa para el departamento de comunicación del proveedor de software SAP. Para almorzar hay papas salteadas, carne, arvejas y zanahorias. El tema a la mesa es, como tantas veces, el colegio. A un compañero de Yannick le han puesto mejor nota que a él, aunque tenían la misma respuesta. Ante sus protestas, el profesor le ha puesto un pretexto para no cambiar la nota. No hay mucho tiempo para comentarlo. La agenda del día está bien repleta. Los niños tienen clase por la tarde y luego deporte. Michael tiene que ir a la empresa y su mujer tiene suficiente que hacer en la casa. Por la noche reservan tiempo para estar juntos, jugar a algún juego de mesa o tocar música. La típica familia alemana.
“Mi padre vive aquí. La madre de mi mujer a tan sólo cinco kilómetros. A la panadería, la carnicería y el supermercado podemos ir a pie. Nos llevamos bien con nuestros vecinos. Estamos rodeados de bosque. Heidelberg está a sólo 10 kilómetros. Y el club de balonmano tampoco está lejos.”
El balonmano es la principal afición de la familia. Al menos la del padre y los hijos. Desde que es joven, Michael es miembro del “HG Oftersheim/Schwetzingen”, e incluso jugó en 2ª división. Hoy es el vicepresidente y se ocupa de los jóvenes. En invierno suelen ir de vacaciones a esquiar, en verano a Sylt. Pero este año ha sido distinto. Los Zipf han recorrido California, desde San Francisco hasta San Diego. Hace algún tiempo, Michael tuvo la posibilidad de ir con su familia a trabajar a Estados Unidos. “Era una cosa hecha, puesto que SAP necesitaba personal de comunicación en la costa oeste. Mi jefe ya había dado la autorización. Se lo habíamos dicho a los niños. Hubiéramos pasado al menos un año en Silicon Valley, en Palo Alto, porque allí hay un colegio alemán. Pero la crisis económica lo echó todo a perder. Una pena.”
Julian, el más pequeño, no estaba tan entusiasmado en aquel entonces.
“Así que todo tiene sus ventajas y desventajas.”
Thomas Geissert, 45, arquitecto
Peter Müller, 50, informático de empresa
Thomas Geissert proviene del Palatinado y estudió arquitectura. Peter Müller es de Langen, estudió etnología histórica y luego se formó como informático de empresa. Están casados desde hace siete años y viven en su casa de propiedad en Egelsbach, cerca de Fráncfort.
Una pareja homosexual en una pequeña ciudad burguesa
La Schillerstraße es cada vez más larga. Las casas unifamiliares se suceden unas a otras. Apenas hay gente por la calle. Delante de las casas hay aparcados coches de clase media. Las cortinas están cerradas. La imagen de una pequeña ciudad alemana al anochecer. Sin embargo, en una planta baja no hay cortinas. La clara luz de una lámpara roja de diseño llega hasta la calle. Thomas Geissert está en la puerta y nos invita a entrar con la mano.
“¡Peter, tenemos visita!”
El salón con cocina americana es el punto neurálgico de la casa: luminoso, acogedor, todo ordenado con gusto y precisión, incluso la lista de la compra sobre la Flight Case. A Thomas y a Peter les gusta tener invitados, cocinan juntos, viajan juntos, lo hacen casi todo juntos. Desde hace siete años viven como matrimonio homosexual en Egelsbach. Este tipo de familia y el decorado de diseño son más de esperar en una gran ciudad, pero la aparente contradicción tiene una sencilla explicación.
“En un momento dado me harté de los 40 metros cuadrados sin balcón. Quería tener un jardín, así que nos vinimos a vivir aquí. Es cierto que los vecinos tienen una media de 20 años más que nosotros, pero son muy simpáticos. Nos gusta este ambiente burgués. Además, Fráncfort está bastante cerca.”
Thomas y Peter han ido renovando la casa a su gusto poco a poco. Thomas tiene su jardín grande, Peter puede ir a correr alrededor del pequeño aeropuerto de Egelsbach nada más abrir la puerta. Y cuando quieren ir a un museo, un concierto o a ver un ballet, en 20 minutos están en Fráncfort.
Torsten Walsch, 45, director de marketing
Rita Velasquez, 45, cooperante
Torsten Walsch y Rita Velasquez se conocieron en 1990 en Hamburgo durante la carrera. Llevan casados desde 2002 y desde 2006 viven juntos en Fráncfort del Meno. Torsten trabaja en el departamento de marketing de un banco, su mujer colombiana es cooperante de una ONG.
Matrimonio binacional en un piso
La mesa está puesta para el desayuno. En un plato, guineo con arroz, en el otro, un panecillo con mermelada. No siempre es así, pero sí a veces, cuando Rita tiene ganas de comer como en su tierra. Hoy hay puesta música colombiana. Las canciones del grupo “Putumayo” cuentan historias de campesinos. Suena a añoranza, pero no lo es. El hermano de Rita es el cantante del grupo. La pareja binacional vive entre dos mundos. Aquí en Fráncfort con un amplio círculo de amigos, allí en Colombia con una gran familia. Las conversaciones de Torsten y Rita giran a menudo en torno a estos dos polos.
“Nos planteamos comprarnos un piso o una casa, pero no sabemos qué nos deparará el futuro. Colombia sería una opción. Podríamos imaginarnos el vivir allí, pero para ello tenemos que estar libres de ataduras.”
Torsten y Rita ya tienen una idea de lo que les gustaría hacer en Colombia. Por ejemplo, organizar una biblioteca móvil para niños que recorra las zonas rurales. Pero la guerra civil les hace abandonar sus sueños y regresar rápidamente a la realidad. La realidad es Alemania, la vida en la gran ciudad.
“Fráncfort es ideal para nosotros. Aquí las parejas binacionales son de lo más normal. Debajo de nosotros vive un brasileño con su mujer alemana. En el primer piso un alemán con su mujer turca. Desde la ventana veo mi oficina. Y Rita encuentra los ingredientes para sus especialidades en el mercado o en tiendas asiáticas.”













