Se llama “garra del diablo”. No es un nombre justamente bonito el de esta planta herbácea silvestre procedente del sur de África. Sus frutos están recubiertos de espinas ganchudas, que le han dado el nombre. Durante largo tiempo no se le prestó atención. Hoy es diferente: está considerada una estrella de la medicina natural. Preparados a partir de extractos de su raíz son utilizados como sustancia activa en medicamentos contra el reuma.
El problema: para satisfacer la gran demanda, en países como Sudáfrica, Namibia y Angola se la arranca en grandes cantidades y exporta para su procesamiento en países industrializados. En algunas regiones, su explotación abusiva hace peligrar ya su supervivencia. Los recolectores arrancan a menudo la planta completa, a pesar de que sólo se usan las raíces laterales. Si se la explota sostenidamente, éstas renacen en dos o tres años. También una planta silvestre puede tener por lo tanto un gran valor, no sólo simbólico, sino también monetario. Se trata de sólo un ejemplo de muchos. Otro es la selva tropical. Puede ser usada sostenidamente sin problemas. Pero su destrucción en gran escala para obtener ganancias a corto plazo amenaza con sacar de ritmo a la “máquina climática” del planeta.
En el ínterin, los expertos poseen una idea bastante exacta de la importancia económica de la naturaleza, gracias a una gran investigación realizada por un grupo de trabajo del economista Pavan Sukhdev, del Deutsche Bank. Las “prestaciones” del ecosistema, tales como agua potable, regulación del clima y puestos de trabajo, por ejemplo, en el turismo, son esenciales. Sólo para las áreas protegidas creadas hasta ahora –aproximadamente el once por ciento de las tierras del planeta– suman anualmente unos cinco billones de dólares. Es más que la facturación mundial de las industrias del automóvil, la tecnología de la información y el acero juntas. La protección de la naturaleza es una “mega industria”, pero no es percibida como tal, dicen los economistas. La conclusión: el valor de mercado de la biodiversidad es mayor que el de la producción industrial mundial.
Ello se entiende considerando que entre las prestaciones de la naturaleza se cuentan también la puesta a disposición de alimentos y agua potable para todos los seres humanos, combustible y materiales de construcción, el almacenamiento del gas de efecto invernadero CO2 y la protección contra inundaciones. Ese estudio pionero fue encargado por los Estados G8+5. La idea provino de Alemania y la Comisión de la UE. Los primeros resultados fueron publicados durante la IX Conferencia de las Partes del Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) de la ONU, realizada en 2008 en Bonn. Su título: “The Economics of Ecosystems and Biodiversity” (“La economía de los ecosistemas y la biodiversidad”), abreviado TEEB. El informe final de este gran proyecto será presentado a mediados de octubre en la Conferencia CBD en Nagoya, Japón. Allí se reunirán en el Año Internacional de la Biodiversidad delegados de más de 190 Estados.
Los economistas que elaboran el TEEB analizaron ecosistemas como el bosque, los océanos y los arrecifes coralinos, en todos los continentes y regiones. Advierten que la destrucción en continuo avance desde el año 2000 provocará hasta el 2050 pérdidas de bienestar del 7 por ciento del producto social bruto mundial. Otro ejemplo: también la sobrepesca en los mares del mundo producirá grandes daños económicos si no se la detiene. Los expertos advierten que en el 2050 prácticamente ya no existirán peces, si las cuotas de pesca no se reducen. Sukhdev recuerda que para un sexto de la población, el pescado es la principal fuente de proteínas. Su advertencia: “Si esa fuente se pierde, es un problema no sólo para la protección de la naturaleza, sino sobre todo un serio problema para la salud humana.”
Cuando los delegados a la CBD se reúnan en Nagoya, el tema no será justamente marginal. La comunidad de Estados se ha trazado ambiciosas metas: los objetivos para Japón son aprobar una nueva meta global para estabilizar la biodiversidad, una estrategia de protección internacional de las especies para los próximos diez años y un protocolo para regular el uso de los recursos genéticos. También se espera poder firmar un acuerdo contra la biopiratería. Ello proporcionaría por primera vez un marco legal que regularía el acceso a plantas útiles de uso por ejemplo en medicamentos o en la biotécnica y la distribución de las ganancias que de ello se deriven. Ello sería una bendición también para un uso más sostenible de la “garra del diablo”.
Queda poco tiempo. También para la protección del clima, en vista de que hasta ahora no se ha logrado firmar un protocolo sucesor del de Kyoto. A pesar de muchos ejemplos positivos, por ejemplo en el registro de zonas protegidas y la renaturalización de ecosistemas degradados, el “cambio radical” exigido desde la Cumbre de la Tierra de la ONU en Río de Janeiro 1992 no se ha producido. Alemania, que ejerció la presidencia de la CBD entre Bonn y Nagoya, intentó en ese periodo impulsar la protección global de la naturaleza con iniciativas propias, que tuvieron eco a nivel mundial. En 2008, el Ministerio Federal del Medio Ambiente creó un innovador mecanismo para la financiación de proyectos de protección del clima: la Iniciativa Internacional de Protección del Clima (IKI). Desde entonces han sido aprobados proyectos de protección de la biodiversidad relevantes para el clima por más de 110 millones de euros. Los fondos provienen de los ingresos del Gobierno Federal derivados de las ventas de derechos de emisión de CO2.
Particularmente innovadora está considerada también la iniciativa “LifeWeb”, creada a propuesta de Berlín. Esa “red” fomenta la creación de zonas protegidas en tierra y en el mar. Los Estados que quieran ampliar sus sistemas de zonas protegidas pueden contactarse a través de una plataforma interactiva con donantes dispuestos a apoyar esas iniciativas. Potenciales países receptores han presentado ya propuestas por 300 millones de dólares. Ahora deben ser ser movilizados más donantes y lanzadas cooperaciones concretas. Alemania ha apoyado desde 2008 más de 30 proyectos LifeWeb con un total de 80 millones de euros.
El director del Programa de las NN. UU. para el Medio Ambientes (PNUMA), el alemán Achim Steiner, sabe lo que está en juego. Por ello espera que hasta el 2020 se logre revertir la tendencia a la desaparición de especies. “De lo contrario, no sólo cortamos la rama en la que estamos sentados, sino que ponemos en peligro el árbol de la vida. Y ello sería un desastre para las próximas generaciones.”////













