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Viaje por el hielo

El Polarstern es un gran laboratorio flotante, equipado a la perfección para la investigación en los polos Norte y Sur.

Kirsten Milhahn

El Polarstern se acerca poco a poco a su destino: un punto en medio del Atlántico, 191 millas marinas al sur de las islas de Cabo Verde. Ninguna costa a la vista. Sólo el profundímetro indica que éste es el lugar indicado. A 4884 metros bajo el casco del buque, el fondo marino desciende abruptamente por un precipicio. En esta fuerte pendiente de la plataforma continental africana comenzará su “pesca” Peter Wiebe.

Está nervioso. El biólogo de la institución estadounidense “Woods Hole Oceanographic Institution” rodea inquieto una vez más la pesada estructura de metal situada sobre la plataforma de madera como si fuera un marco de una puerta caído. Comprueba si los mandos están bien ajustados y las redes de gasa fina de 16 metros de longitud cuelgan libres una detrás de otra. Después, Wiebe hace una señal con la mano al contramaestre que maneja la grúa: ¡Todo listo! Puede echar al agua la red especial MOCNESS. Los 26 biólogos marinos y las dos docenas de hombres que tripulan el barco observan cómo el dispositivo de pesca de 300 kilos se hunde bajo las olas, cómo la cinco redes, que se pueden abrir y cerrar a distancia a diferentes profundidades, se vuelven a arquear sobre el agua como lomos de ballena para luego deslizarse junto con el marco metálico en un oscuro y helado cosmos, tan inaccesible para el hombre como el espacio: los fondos abisales. Allí, las MOCNESS deben atrapar minúsculas especies animales: el zooplancton. Éste incluye diminutos cangrejos y caracolas, poliquetos y quetognatos, así como medusas.Los biólogos marinos se han desplazado desde Bremerhaven hasta Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, con el fin de reunir datos para un gigantesco “recuento de población” a lo largo de un transecto –una serie de puntos preestablecidos para la investigación– de12.000 kilómetros. Para el “Census of Marine ­Life”, científicos de 80 países registran qué seres vivos habitan los océanos y cómo se distribuyen los microbios y moluscos, peces y mamíferos marinos en las mareas.

Las expediciones en barco realizadas por equipos multinacionales constituyen la parte central de estos grandes proyectos internacionales. Y el Polarstern desempeña aquí un papel destacado. El rompehielos del Instituto Alfred Wegener de Investigación Polar y Marina de Bremerhaven lleva ya casi 30 años al servicio de la ciencia, 320 días al año. Propietaria del buque es Alemania, representada por el Ministerio Federal de Educación e Investigación. El Polarstern se abre paso por los agrestes mares y la banquisa impulsado por cinco motores diesel de ocho cilindros con un total de 20.000 caballos. En casi todas sus expediciones lleva a investigadores a las regiones polares. Las plazas están muy solicitadas, puesto que es considerado el buque de investigación polar más potente del mundo. Un gran laboratorio flotante, equipado para casi todo tipo de investigación polar y marina, como la oceanografía, la investigación climática o la biología.

Más de 100 investigadores, técnicos y miembros de la tripulación encuentran en las ocho plantas del barco una litera en un camarote, espacio para experimentar en uno de los nueve laboratorios y el equipamiento que requieren. Uno de ellos es Peter Wiebe, que no hubiera podido enviar a las profundidades sus redes sin la tecnología punta que existe a bordo. Al sur de Cabo Verde, el americano puede seguir a través de la pantalla del ordenador cómo su gigantesca construcción se va acercando lentamente al fondo del océano, a través de casi 5000 metros de agua, hasta mecerse a tan sólo 100 metros por encima del fondo abisal. Wiebe abre entonces la última red haciendo clic con el ratón y recoge lentamente el dispositivo con los recipientes de captura. Unas 13 horas después, éste vuelve a flotar en el mar azul claro gracias a los cabestrantes del barco. Ahora es necesario actuar con rapidez, puesto que los animales capturados, acostumbrados al frío abisal, no sobrevivirían más de unos minutos a bordo. Los investigadores extienden la pesca en bandejas en el laboratorio refrigerado y comienzan a realizar sus exámenes. Continúan lanzando las redes desde el Polarstern durante cuatro semanas. Cuando el buque atraca en el puerto de Ciudad del Cabo se termina el viaje para los biólogos marinos del proyecto Census. Para el rompehielos, en realidad, comienza en ese momento el verdadero viaje. Una nueva tripulación con científicos de todo el mundo se prepara para su destino: la Antártida.

Como cada año entre noviembre y marzo, el Polarstern se abre paso por el océano Atlántico hasta el océano Antártico llevando a investigadores hasta las aguas o el continente antártico y suministrando alimentos, ropa de abrigo, trineos, herramientas y equipamiento técnico a la plantilla de la estación de investigación “Neumayer-Station III”. Una vez que los investigadores a bordo llegan al lugar en el mar glacial, frente a la costa, en el que van a realizar sus investigaciones, comienza una semana de trabajo duro en el frío polar. Los investigadores climáticos, por ejemplo, extraen del fondo del mar núcleos de sedimentos de metros de longitud, que deberían ayudar a descifrar cómo evolucionó el clima en los últimos 400.000 a 4 millones de años. Cuando el barco, tras un total de siete meses en el mar y de haber recorrido más de 68.000 kilómetros, regresa a su puerto “natal” en Bremerhaven, apenas descansa antes de partir hacia la próxima expedición; esta vez al polo Norte.

Casi cada año, el Polarstern cruza el Ártico durante el verano nórdico. Y desde hace diez años, el equipo de Michael Klages visita la región: el estrecho del Fram al oeste, frente a las montañas, punto de unión entre el norte del Atlántico y el océano Ártico. Allí, los biólogos marinos del Instituto Alfred Wegener cuidan de su “huerto”, un área de aguas abisales en la que buscan seres marinos directamente bajo los témpanos, a entre 1000 y 5500 metros de profundidad. Al igual que Peter Wiebe y su equipo lanzan sus MOCNESS en busca de presa, los biólogos también lanzan sus equipos de pesca en sus “huertos” y recogen pruebas de agua y sedimentos en 16 puntos en el mar, a los que el Polarstern se dirige sucesivamente a lo largo de 125 kilómetros. La diversidad que hallan supera todas sus expectativas: Cantidades inmensas de bacterias, nematodos y copépodos se abren camino por el sedimento. Cochinillas de mar, camarones, holoturias, estrellas de mar e innumerables peces viven allí abajo: varios miles de especies por metro cuadrado.////

12.01.2011
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