Nadar con leones marinos, observar cómo empollan los albatros, contemplar a las iguanas marinas mientras echan la siesta y a los pingüinos tomando el sol: las islas Galápagos, que en su día inspiraron a Charles Darwin su teoría sobre el origen de las especies, son un destino de ensueño para los amantes de la naturaleza y los animales. Y para los científicos: con el fin de salvar el ecosistema amenazado de estas pequeñas islas del Pacífico, frente a Ecuador, investigadores de todo el mundo, inclusive Alemania, trabajan allí para proponer soluciones.
“Todos asocian las Galápagos con tortugas gigantes o iguanas marinas”, dice el biólogo alemán Frank Bungartz, “pero, ¿quién sabe de arácnidos? ¿O de insectos oscuros?” Pero en las Galápagos se necesitan precisamente especialistas en temas aparentemente secundarios para investigar la compleja interacción entre la naturaleza y la fauna. Bungartz, por ejemplo, es un biólogo especializado en criptógamas, es decir, hongos, musgos y líquenes. Trabaja en la Estación Científica Charles Darwin en la isla Santa Cruz, igual que Matthias Wolff. El biólogo marino pertenece incluso a la Junta Directiva de esta fundación, que fue impulsada por el etólogo alemán Irenäus Eibl-Eibesfeldt a finales de los años 50: la investigación alemana en las Galápagos tiene tradición.
Y la investigación en estas islas, incluidas desde mediados de 2007 en la Lista Roja de bienes culturales en peligro de la UNESCO, es más importante que nunca.“El gran problema es el aumento de la influencia humana”, explica Wolff. Con esto no se refiere a los efectos directos de los 175.000 turistas anuales que recorren la isla en grupos guiados y por los caminos establecidos. Los efectos secundarios son peores: “Se introducen nuevas especies, el agua se ensucia, se produce más basura, se consume más gasolina”. Aumenta el riesgo de que el sistema se venga abajo en algún momento. “Existen ya más especies introducidas que autóctonas”, dice Wolff, y arbustos aparentemente inofensivos, como los zarzales, proliferan en las islas de tal manera que “apenas se los puede atravesar con un machete”.
Matthias Wolff y Frank Bungartz intentan impedir estos fenómenos. El trabajo de Wolff, responsable de la investigación marina en la estación, se centra en tres aspectos: por un lado, el científico de 54 años analiza, junto con la Administración del Parque Nacional Galápagos, la pesca de pepinos de mar, langostas y alburnos. Un segundo proyecto estudia cómo surgen y se modifican las comunidades bióticas en aguas poco profundas. Los datos recogidos sirven de base para la división de las Galápagos en zonas más o menos protegidas. “En un área con corales raros está prohibido, por ejemplo, anclar y pescar”, comenta Wolff. El tercer foco de su trabajo recae en la marcación de tiburones con marcas acústicas y satélites para conocer mejor su comportamiento migratorio y establecer zonas de protección.
¿Qué es lo que más les preocupa a los biólogos marinos en base a estos trabajos? “El fuerte calentamiento del agua debido a fenómenos climáticos como El Niño”, afirma Wolff. En los años 1983 y 1984, por ejemplo, murieron un 90 por ciento de los corales por este motivo. Recientemente se llevó a cabo un taller en las Galápagos sobre los efectos del calentamiento climático mundial. En él, científicos internacionales discutieron acaloradamente si es de esperar que en el futuro se produzcan más fenómenos tan devastadores. Wolff, tras analizar los datos meteorológicos de los últimos 45 años, observa en las Galápagos, a pesar de todo, “condiciones sorprendentemente constantes. No hay motivo para desatar el pánico”. Pero tampoco para cruzarse de brazos. El trabajo interdisciplinario es importante, dice Frank Bungartz, que dirige el área de investigación de la biodiversidad de la Fundación. Con su grupo de especialistas, intenta elaborar las bases para el cálculo de riesgos. Está evaluando los datos de las colecciones de historia natural de la estación y coloca en Internet listas de control para futuras investigaciones. Y en este proceso hace sorprendentes descubrimientos, por ejemplo, que para nada se conocen ya todas las especies existentes en las islas. Por lo que se refiere a los líquenes, hace tres años se partía de 229 especies, hoy se conocen ya 600: “La lista casi se ha triplicado en tres años”.
Las tareas de investigación en las Galápagos parecen ser, por lo tanto, infinitas. ¿Constituye el archipiélago poco poblado a 1000 kilómetros del continente un paraíso para los científicos? Para Matthias Wolff, catedrático en excedencia de la Universidad de Bremen, su partida hacia las Galápagos hace un año y medio sí supuso “un poco la realización de un sueño”. Del que, no obstante, no tardó en despertar, puesto que en vez de tener menos trabajo administrativo que en Bremen, como él esperaba, en las Galápagos se vio aún más envuelto en planificaciones estratégicas, tareas administrativas y negociaciones políticas que en Alemania. A Wolff, que por lo demás disfruta de la tranquila vida en las islas con su mujer y sus dos hijos pequeños, le gustaría que esto no fuera así y volver a investigar más en su previsiblemente último año en las Galápagos.
El sueño de las Galápagos del especialista en líquenes, Frank Bungartz, también tiene su parte turbia. El científico de 41 años, que previamente trabajó y se doctoró en la Arizona State University, “por supuesto que estaba entusiasmado de trabajar aquí, es una oportunidad única y disfruto haciéndolo”, pero la vida en las islas no es siempre fácil. Cada par de meses, al investigador, que vive desde hace tres años y medio con su mujer en la pequeña ciudad de Puerto Ayora en Santa Cruz, le da un ataque de agobio por el aislamiento en la pequeña isla, eso sin mencionar que con el tiempo echa de manos “cosas absurdas” como regaliz o un buen pan alemán.
Pero mucho más difícil le resulta copar con la inseguridad laboral. El cambio de personal en la estación es elevado, muchos investigadores sólo vienen por un corto periodo de tiempo. Quien quiere quedarse más tiempo tiene que conseguirse su sueldo mediante donaciones y fondos para la investigación. “Ni idea de cuánto tiempo más me quedaré”, dice, “planifico de año en año”. Esto es algo que también le une a las Galápagos: el futuro de ambos en incierto.













