EN NINGÚN OTRO PAÍS llevó la catástrofe atómica causada por el tsunami en Fukushima, Japón, a un cambio de política tan radical como en Alemania. Todavía en el otoño de 2010, el Gobierno alemán había declarado la energía nuclear como puente hacia la era de las energías renovables y prolongado doce años en promedio el periodo de funcionamiento de las 17 centrales atómicas alemanas. Esa decisión fue anulada después de Fukushima. Y no solo eso: menos de cuatro meses después de la catástrofe en Japón, el Parlamento alemán aprobó por gran mayoría apagar de inmediato ocho reactores, y los restantes nueve sucesivamente hasta fines de 2022.
Puede sin duda especularse acerca de qué llevó al Gobierno alemán, particularmente a la canciller federal Angela Merkel, a dar ese giro en la política energética. Posiblemente, el Gobierno alemán reconoció que un rápido abandono de la energía atómica abre considerables posibilidades económicas. En efecto, la nueva política energética “made in Germany” puede transformarse en un éxito de exportación. Y debe serlo incluso, para defendernos mejor de los peligros nucleares: de una nueva catástrofe, de la proliferación atómica y de los problemas que plantean los residuos nucleares. Pues, ¿de qué sirve apagar 17 centrales nucleares en Alemania, si alrededor de Alemania continúan funcionando mucho más que 17?
Si el cambio energético puede transformarse en un modelo para otros, no se sabe aún. Lo que sí se sabe es que la comunidad internacional observa con gran interés cómo Alemania planea superar el desafío que el propio país se ha planteado. La simpatía por el proyecto es grande entre la población de muchos países. En una investigación internacional realizada por el instituto de sondeos de opinión Ipsos en abril de 2011, el 62 por ciento de los encuestados dijo rechazar la energía atómica. En casi todos los países, la mayoría de la población rechaza las centrales nucleares: en México y en Turquía, en Corea del Sur y en China, en Francia y en Rusia.
Entre los desafíos que será necesario superar se cuenta mucho más que prescindir por completo de la energía atómica en una década. Apagar los reactores es lo más fácil. Pero tampoco sin los reactores, que en 2010 generaban todavía un cuarto de la energía, deberán apagarse las luces. Y ciudadanos y empresas deberán poder seguir pagando la cuenta de la luz, también sin la barata electricidad nuclear. También la meta de protección climática de emitir un 40 menos de gases de efecto invernadero hasta el 2020 en comparación con el 1990 deberá ser alcanzada también sin centrales atómicas, de bajas emisiones. ¿Puede transformarse en realidad esa visión? Puede, como lo confirman numerosos expertos. Pero sólo si se cumplen dos condiciones: la energía debe usarse en el futuro en forma mucho más eficiente… y debe provenir cada vez más de fuentes renovables, incluso totalmente dentro de pocas décadas.
Alemania tiene “infinitamente mucha energía” dicen quienes abogan por las energías renovables. Es cierto. También es cierto que el sol “no nos envía ninguna cuenta”. Pero igualmente verdad es que las diversas formas de energía solar –radiación y viento, agua y biomasa– llegan a la Tierra con un muy bajo nivel de agregación. Por ello, las energías renovables deben ser primero recogidas y concentradas con gran esfuerzo antes de poder ser utilizadas. A diferencia de ello, la energía contenida en el carbón o las barras nucleares está altamente concentrada. Además el sol no entrega su fuerza gratis en casa. Todo lo contrario: para utilizarla es necesario invertir alta tecnología, capital y material en considerables volúmenes, para captar las energías solares y llevarlas en el momento oportuno al lugar adecuado: allí donde se necesitan, por ejemplo cuando alguien quiere prender la luz.
También ello diferencia finalmente la nueva energía de la vieja. No está a disposición todo el tiempo en todo lugar, por lo menos en tanto se trate de electricidad del viento o la luz solar. En Alemania, las células solares alcanzan su rendimiento máximo sólo menos de 1000 horas por año (de casi un total de 9000 horas); los aerogeneradores en tierra llegan a 2000 horas de rendimiento máximo. La corriente para el resto del tiempo debe ser generada en otro lado o de otra forma, o tomada de depósitos llenados antes con corriente renovable. Esas “baterías” son por ejemplo centrales hidroeléctricas reversibles, en todo caso estéticamente controvertidas, al igual que los aerogeneradores y las torres de alta tensión. Por ello, también personas de orientación ecológica plantean ya hoy interrogantes en relación con la forma del cambio energético.
La marcha al nuevo mundo de la energía no será un paseo. Estará conformada por un mix de energías regulables y fluctuantes, centrales y descentrales, nacionales e importadas. El camino estará asegurado con depósitos y por consumidores que en el futuro también tendrán que realizar un aporte a la transformación del sistema energético, se lee en un libro de reciente aparición acerca de “El camino hacia un cien por ciento de energías renovables”. Sería sorprendente que, en vista de la complejidad del cambio energético, no surgieran ni conflictos entre objetivos ni problemas de aceptación. Pero serán tanto más manejables cuanto más eficiencia se logre con las nuevas energías. Por un lado se trata de lograr una mayor eficiencia de costes, es decir, de producir, almacenar y transportar en todo momento y a todos lados la energía “verde” al más bajo coste posible; ello es facilitado por la cooperación transfronteriza. Por otro, se trata también de alcanzar una mayor eficiencia energética, es decir de reducir el consumo energético por euro de producto bruto interno. Ello ahorra costes, reduce el impacto ecológico y proporciona tiempo para reformar el sistema energético. Ese tiempo es necesario para construir la infraestructura, desarrollar tecnologías y generar aceptación. La eficiencia es la condición necesaria y decisiva para que la transformación sea un éxito, tanto en Alemania como en todo el mundo. La eficiencia energética ya ha aumentado en Alemania: desde 1990 hasta hoy, la economía creció, pero el consumo energético disminuyó, por lo menos un poco. Sólo el consumo de corriente eléctrica siguió aumentando: en las últimas dos décadas creció alrededor de un diez por ciento. Ahora se aspira a que baje un diez por ciento hasta el año 2020. Un diez por ciento menos de consumo de corriente significa que más de dos quintas partes de la generación de corriente atómica generada hasta ahora simplemente se ahorraría y la participación de la electricidad “verde” pasaría de un 17 por ciento (2010) a casi un 20 por ciento, sin siquiera un nuevo aerogenerador más.
A mediados de julio de 2011, el primer ministro japonés, Naoto Kan, dijo: “Debemos desarrollar una sociedad que pueda renunciar a la energía atómica”. Sus palabras se parecen a las que pronunció el ex ministro de Medio Ambiente de Alemania, Klaus Töpfer, en 1986, luego de la catástrofe de Chernóbil. Töpfer, que más tarde fue director ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), quiso “inventar” un futuro sin energía atómica. Hoy, un cuarto de siglo después, Alemania se ha hecho al camino. Es un experimento. Un experimento con valor agregado, no sólo par Alemania.///













