Jülich, una pequeña ciudad en el oeste de Alemania. La plaza de mercado junto al ayuntamiento es su imagen emblemática. Los 33.000 habitantes están distribuidos en el centro y en los 15 pueblos situados en las afueras. Nada especial. Pero la “metrópoli verde”, como Jülich se complace en definirse a sí misma, figura con frecuencia en los titulares de la prensa internacional. Ello se debe a varias razones. Primero, por el premio Nobel otorgado en octubre de 2007 a Jülich, mejor dicho a Peter Grünberg del Centro de Investigaciones de Jülich y a su colega francés Albert Fert por descubrir la magnetorresistencia gigante. En segundo lugar, porque en el Centro de Investigaciones de Jülich se pondrá en funcionamiento en febrero de 2008, el ordenador de uso civil más rápido del mundo. Y tercero, porque el centro de investigaciones no solo es uno de los más importantes de Europa, sino que causa reiteradamente furor en la prensa con sus descubrimientos.
Pero vayamos por partes. El 11 de diciembre de 1956, el parlamento del Estado federado de Renania del Norte-Westfalia resolvió fundar un centro de investigaciones cerca de Jülich. Se trataba principalmente de realizar pruebas de fusión nuclear. Así se desarrolló en Jülich el reactor de altas temperaturas que no solo genera energía con temperaturas de trabajo de 950 grados, sino que a la vez procesa carbón y suministra calor a distancia. Cuando a principios de los años 1980 los alemanes se oponían cada vez más a la energía nuclear, se abandonó el proyecto de aprovechamiento comercial de reactores de alta temperatura y se buscaron nuevos desafíos. Con el nuevo nombre “Centro de Investigaciones de Jülich”, otras áreas de estudio relevaron a la energía nuclear. Y desde hace tiempo el cambio viene dando frutos. “Hoy en día, solo el uno a dos por ciento de nuestras actividades tienen que ver con la fusión nuclear”, dice Peter Schäfer, que trabaja en el departamento de comunicación de la empresa y es uno de los primeros investigadores del centro.
“Jülich” tiene hoy sus competencias clave en las áreas de física, superordenadores y ciencias de materiales, y trabaja en salud, energía, medio ambiente e información. Sus contribuciones se orientan a la investigación de base y estudios interdisciplinarios en ciencias naturales y técnica, así como aplicaciones tecnológicas. Muchas nuevas áreas tienen su base sin embargo en la investigación nuclear. Por ejemplo, el reactor de alta temperatura permite la producción de materiales cerámicos que se emplean hoy en el revestimiento de turbinas de aviación. Como la cerámica resiste altas temperaturas, las turbinas pueden funcionar a extremas temperaturas. Ello mejora la eficiencia, la turbina consume menos combustible a iguales prestaciones y emite menos anhídrido carbónico.
Aparte de la fusión nuclear, en Jülich ha habido otras importantes áreas de investigación, como la física de estado sólido e investigaciones de medio ambiente. La transición fue fluida. También el experto en física de estado sólido Peter Grünberg continuó allí su carrera en los años 80, lo cual le condujo a ganar el premio Nobel. Y como así surgió otra área principal de investigación de la tecnología de la información, nada mejor que aprovechar la recientemente descubierta magnetorresistencia gigante para la técnica de ordenadores. Ya en 1997 la primera cabeza de lectura construida con ese método almacenaba cantidades enormes de datos en el espacio muy reducido de una memoria de disco duro. Hoy por hoy, ya no hay casi computadora u ordenador portátil que no funcione hoy con ese efecto. El descubrimiento no valió la pena solo por el premio Nobel: el centro de Jülich percibió desde entonces alrededor de diez millones de euros en concepto de licencias, en su mayor parte en yenes y dólares.
El Centro de Investigaciones de Jülich, con sus 4400 empleados, constituye ya una pequeña ciudad con 40 kilómetros de calles y un sistema de gestión propia. El centro es parte de la Comunidad Helmholtz, que con sus 26.500 empleados en 15 institutos y un presupuesto anual de 2300 millones de euros, es la organización de investigación más grande de Alemania. La Comunidad se dedica a cuestiones clave y urgentes para la humanidad y cuenta con una densa y amplia red internacional de contactos. Cada año llegan a Jülich 800 científicos invitados de más de 50 países para investigar e intercambiar experiencias.
Desde hace décadas, el Centro de Investigaciones de Jülich también se destaca en la investigación de medio ambiente. “Mucho tiempo antes que otros hemos advertido de la reducción de la capa de ozono y el problema del anhídrido carbónico para el clima”, afirma Peter Schäfer. La interrelación entre “el agujero de ozono” y el “cambio climático” es analizada aun hoy por los investigadores de Jülich Martin Riese y Cornelius Schiller. Los líquidos refrigerantes CFC y gases del efecto invernadero de aerosoles siguen presentes en nuestra atmósfera, muchos años después de su prohibición, dando lugar a sustancias químicas que afectan a la capa de ozono, la cual detiene los peligrosos rayos ultravioletas antes de que puedan causar cáncer de piel y daños genéticos. En las regiones polares del planeta, esos procesos abren grietas en la capa de protección de ozono.
La investigación de medio ambiente se complementa con estudios sobre energía. En Jülich se desarrollan células solares que con el “silicio amorfo” pueden generar electricidad más barata a partir de la luz solar. Los ingenieros diseñan la tecnología de hidrógeno, con la cual se podrá generar mediante pilas de combustible la energía de los vehículos del futuro. “Energía y medio ambiente son para nosotros dos cosas que van juntas”, explica Peter Schäfer. Por eso se estudia ya cuáles son los efectos de la tecnología de hidrógeno en el medio ambiente. La energía del futuro podría también derivarse de la fusión nuclear. Aquí coopera la comunidad científica internacional para que la fusión de átomos de hidrógeno quizás en 35 años pueda generar electricidad. Y el Centro de Jülich participa activamente en esos proyectos.
Pero también la salud es uno de los pilares en que se asienta el Centro de Investigaciones de Jülich. La población envejece. Por eso, uno de los objetivos de las investigaciones en materia de salud de Jülich es mejorar el diagnóstico y la terapia de enfermedades cerebrales condicionadas por la vejez con métodos biofísicos y productores de imagen. Al efecto los investigados recurren a las más modernas tecnologías y emplean cuatro procesos simultáneos a fin de convertir la actividad cerebral en imágenes. Con la combinación de tomografía por emisión de positrones (PET), tomografía computada de emisión de fotones únicos (SPECT), espectroscopia de resonancia magnética nuclear (NMR) y encefalografía magnética (MEG) logran ver más profundamente en el cerebro que en ningún otro sitio del mundo.
Para dedicarse a esa gran gama de proyectos, los expertos de Jülich, que cooperan estrechamente con la Rheinisch-Westfälische Technische Hochschule (RWTH) de Aquisgrán y universidades de Bonn, Colonia y Düsseldorf, necesitan desde luego buenas computadoras. También en ese aspecto Jülich tiene algo extraordinario que ofrecer: el superordenador “Jugene”, que con sus 65.536 procesadores es el ordenador de uso civil más potente del mundo. Solo una computadora en Estados Unidos es más potente. Investigadores de toda Alemania envíarán encargos de cálculo de simulación. La supercomputadora realiza en horas cálculos para los cuales de otro modo se necesitarían semanas o meses. Áreas enteras de investigación no serían posibles sin ello. “No pregunte”, dice Peter Schäfer, “quién trabaja con este ordenador. Mejor pregunte qué grupos en Jülich no lo hacen. No deben de ser muchos.” Y así se repetirán los titulares surgidos de la pequeña ciudad situada en el punto de unión entre Alemania, Bélgica y los Países Bajos.













