Vista desde el cielo parece extremadamente brillante: fotos satelitales nocturnas muestran la Cuenca del Ruhr como una aglomeración urbana que brilla de forma clara e inmensa. Solo grandes metrópolis como Londres o París alcanzan valores similares de emisión de luz. Y sin embargo, la perspectiva engaña. Observada más de cerca, la realidad es diferente de lo que puede hacer creer la halagadora comparación. La ciudad más grande de Alemania no es una gran urbe. Esa paradoja, exagerando un poco, es lo que caracteriza la Cuenca del Ruhr. 5,3 millones de personas, un 50 por ciento más que la población de Berlín, viven aquí. La superficie de casi cinco mil kilómetros cuadrados supera en más de cinco veces la de la capital alemana. Cuenta con cinco óperas y cinco universidades, Berlín “solo” con tres respectivamente. Con Schalke 04, Borussia Dortmund y VfL Bochum, la Cuenca del Ruhr dispone de tres clubes en la primera división de fútbol alemana, Berlín solo con uno: Hertha BSC. Pero la Cuenca del Ruhr no es “una” ciudad, más bien una aglomeración urbana que se desarrolló a partir de suburbios que crecieron rápidamente y casi sin plan, respondiendo a las necesidades de la industria pesada, alrededor de pequeños cascos históricos y que hace que parezcan arbitrarias sus fronteras entre ciudades.
Fue la minería, que a comienzos del siglo XIX entró en la fase industrial, la que definió la región y la sometió a profundos cambios, la que la hizo fuerte y que con su legado histórico la caracteriza hasta hoy. Pero existe una historia anterior al carbón. En la época medieval, el clero y los príncipes se disputaban el dominio sobre esta región agrícola y escasamente poblada. La ciudad de Essen, por ejemplo, considera el año 852 como su fecha de fundación, cuando aquí surgió un convento. Dortmund era una ciudad hanseática poderosa y el cartógrafo Gerhard Mercator consolidó en el siglo XVI la reputación de “Duisburgum” como “doctum”, como “Duisburg la docta”. Como islas de otros tiempos asoman fortalezas y castillos, iglesias y monasterios en la región industrial. Ya en la época medieval existían pequeñas explotaciones mineras en el valle del Ruhr en las que el carbón casi salía a la superficie. La industrialización se inició a principios del siglo XIX, primero de forma muy lenta, y no fue hasta los años 30 del siglo XIX que se expandió fuertemente, impulsada por las reformas prusianas. Los pioneros de esa época, como Haniel, Harkort, Stinnes y
sobre todo Krupp, apostaron por las innovaciones técnicas y construyeron grandes fábricas, como más tarde lo harían también Thyssen y Hoesch. La combinación de explotación de carbón y producción de acero fue la base que hizo posible una región industrializada, que con redes de ferrocarril y canales fluviales creó una infraestructura de transportes eficiente y se incorporó a los mercados internacionales.
Ya a fines del siglo XIX se alcanzó el punto culminante del desarrollo. Surgieron empresas multinacionales; las innovaciones técnicas y la creciente productividad lograron por mucho tiempo mantener altos niveles de producción. La industria pesada
sobrevivió a la Primera Guerra Mundial, la ocupación francesa, las luchas sindicales, la hiperinflación, la Segunda Guerra Mundial y la desintegración industrial, fue el motor de la reconstrucción y contribuyó al milagro económico de Alemania. Hasta que en 1957 se inició la crisis con el fin de las subvenciones al carbón y los aranceles aduaneros al petróleo. Las minas de carbón empezaron a cerrar y grandes empresas se fusionaban. Desde entonces, los cambios estructurales son algo cotidiano, que convirtieron una Cuenca del Ruhr de dos patas en un ciempiés. Pero hasta hoy Duisburg sigue siendo el mayor productor de acero de Europa.
Los inmigrantes han hecho de la cuenca del Ruhr un “melting pot”, ya que aquí viven hoy casi 170 naciones que han dado lugar a un tipo de habitante típico. Pero hasta hoy se evita cualquier definición de un sentimiento común a toda la región. Como una “colonia”, la región es gobernada “desde afuera”: dividida y a la vez atada a tres distritos gubernamentales y dos autoridades regionales. En comparación, son moderadas las atribuciones de la asociación de transporte de cercanías del Ruhr (RVR), a la que pertenecen 53 ciudades.
Ya el escritor Joseph Roth, que viajó por la Cuenca del Ruhr en 1926, se preguntaba con asombro: “¿Para qué aquí Essen, allí Duisburg, Hamborn, Oberhausen, Mülheim, Bottrop, Elberfeld o Barmen? ¿Para qué tantos nombres, tantos alcaldes, tantos concejales si es una sola ciudad? Para colmo, por el centro de la región pasa la frontera entre dos Estados. Los habitantes se consideran a la derecha originarios de Westfalia y a la izquierda de Renania. Pero ¿qué son en realidad?“, escribía en un reportaje para el “Frankfurter Zeitung”. La idea de una administración única en el Ruhr, que se viene discutiendo y exigiendo desde finales del siglo XIX, ha cobrado nuevo impulso a raíz del nombramiento de la Cuenca del Ruhr como Capital Europea de la Cultura 2010, que desea dar ahora una imagen de metrópolis. A fines de 2008, en el Musiktheater de la región, en Gelsenkirchen, se sentaron las bases simbólicas de “La ciudad más grande de Alemania”. Los iniciadores son parte de una generación para quienes el marco de identificación no está constituido por la realidad del trabajo en la industria del carbón y del acero, sino precisamente en su superación.
Porque “el humo que une a las ciudades” –como escribía Joseph Roth en 1926– ya no existe más, el carbón se ha mudado al norte y las últimas minas serán cerradas a más tardar en 2012. Pero los lugares, asentamientos, vías de transporte y estructuras que su explotación hizo posible siguen caracterizando la Cuenca del Ruhr. Un paisaje urbano poco uniforme con diferentes centros históricos y suburbios, parques industriales y grandes espacios verdes y terrenos abandonados, son las nuevas coordenadas que buscan cohesión y orden.
La industria que devoraba superficie se ha retirado. Así han surgido espacios libres que irradian nuevo atractivo y se convierten en puntos de cristalización de una urbanidad nueva –acaso insular y efímera– que ofrecen a emprendedores y creadores espacios de trabajo y de desarrollo fuera de zonas de peatones y centros comerciales racionalmente planificados. En ese sentido, la cuenca del Ruhr aporta potencial para el cambio social, como ya ha dado sus impulsos el salón internacional de arquitectura Internationale Bauausstellung Emscher Park (IBA). Entre 1989 y 2000, su estrategia ecológica y económica de modernización dio lugar a 120 proyectos modelo y, lo que es probablemente su mayor mérito, impulsó la aceptación y revaloración del legado industrial mediante el realce de sus aspectos estéticos. La mina de carbón Zollverein en Essen, cerrada en 1986 y desde 2001 declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad de la UNESCO, fue transformada en un centro cultural, la Jahrhunderthalle en Bochum se ha convertido en un sitio de grandes eventos y la planta siderúrgica en Duisburg-Meiderich preside un inmenso parque.
Pero canalizar los impulsos de la IBA y fomentar el proceso de urbanización no puede ser la tarea de una sola ciudad, ni tampoco desarrollar sistemas de transporte de cercanías o plasmar una imagen de proyección mundial. En un solo año es imposible lograrlo, pero el año de la Cuenca del Ruhr como Capital Europea de la Cultura puede ayudar a la región a integrarse en una metrópolis policéntrica. Para poder cambiar al fin lo que observaba ya entonces críticamente Joseph Roth: “Cada ciudad tiene su teatro, monumento conmemorativo, museo y su historia. Pero nada de ello tiene la resonancia debida. Porque las cosas, las cosas históricas (las cosas llamadas “culturales”) se alimentan del eco que producen.”














