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La fascinación de los océanos

La ventana al mar

Acuarios hay en muchas ciudades de Europa. Pero el Ozeaneum de Stralsund es único. No sólo por su brillante arquitectura

Rainer Stumpf

Son velas hinchadas por el viento las que brillan al sol? ¿O rocas azotadas por el oleaje? Quien ve por primera vez el futurista complejo de edificios en Stralsund piensa automáticamente en agua, espacio y océano. El edificio se eleva hacia el cielo ligera y elegantemente. No hay nada más difícil de plasmar arquitectónicamente que el mar. Para su proyecto en las costas del Báltico, los creativos del estudio arquitectónico Behnisch Architekten, de Stuttgart, ­hallaron la imagen perfecta. Pues detrás de la fachada de vidrio y acero espera al visitante efectivamente el mar. Más exactamente: lo esperan sus habitantes. Ozeaneum se llama el acuario inaugurado a ­mediados de 2008. Nada menos que 7000 animales, repartidos en 39 acuarios, se ­exponen en el espectacular edificio, que contraste sorprendentemente con los almacenes históricos que lo rodean. Con su proyecto, el estudio Behnisch Architekten, de renombre mundial, se impuso en un concurso contra 400 competidores. El resultado fue uno de los mayores imanes de público en la costa alemana del Báltico. La idea de los arquitectos fue crear un edificio abierto hacia los cuatro costados, en el que los visitantes pudieran entrar igual que el agua. Exactamente así se ve en la realidad. Los visitantes vienen a raudales. Sólo cinco meses después de la inauguración se habían contado ya 500.000.

La entrada al Ozeaneum es un billete para un viaje único en Europa por el mundo submarino de los mares nórdicos. Desde el vestíbulo bañado de luz, la más larga escalera mecánica colgada de Europa lleva hasta el primer salón de exposición. Si bien el Ozeaneum ya llama la atención por su ­diseño, lo más fascinantes se halla en su interior. El viaje por la zoología marina lleva desde la bahía del puerto de Stralsund, pasando por la isla oceánica alemana de Helgoland hasta el Mar Ártico. Esturiones, rayas, corales, langostas y tiburones: en los mares existe una imponente variedad de especies, también en las aguas sin temperaturas tropicales. Las estrellas son las ­especies locales. Aún cuando sean tan ­pequeñas como el arenque.

La mayoría de los visitantes conocen a esos habitantes del mar probablemente sólo de las pescaderías. Pero el director del Ozeaneum, Harald Benke, tuvo desde un principio grandes planes con el “Clupea harengus”, como se llama científicamente el arenque. En el mar abierto, el arenque vive en enormes cardúmenes. Y justamente un banco de peces quiso mostrar Benke en su acuario. Lo logró. No sólo los niños miran asombrados con la nariz aplastada sobre los vidrios del mayor acuario del Ozeaneum. Detrás de un cristal de 50 metros cuadrados de superficie y 30 centímetros de grosor, cientos de arenques pasan en formación perfecta de ballet marino sobre el esqueleto de un cachalote, para desaparecer de inmediato en la oscuridad. Un espectáculo natural en plata centelleante.

No obstante, el color dominante en Stralsund es el rojo carmesí. En verano brillan al sol las fachadas de ladrillo de las casas, las iglesias y los monasterios. También luego de siglos de historia, esta ciudad hanseática a orillas del Báltico conserva su estructura medieval. El romántico casco urbano antiguo sorprende una y otra vez con su contraste entre estrechas callejuelas y plazas abiertas. La belleza de esta pequeña ciudad volcada al mar convenció también a la UNESCO: en 2002, Stralsund fue incluida, junto con Wismar, en la lista del Patrimonio Cultural Mundial. Engarzar en un conjunto clásico la arquitectura espectacular de Behnisch exige valor. Pero la UNESCO no se molestó. Al contrario, los guardianes del Patrimonio Cultural Mundial quedaron encantados con el proyecto.

El valor es premiado. De ello está convencido también Harald Benke. Para el lego en la materia, la idea de tener un enorme banco de arenques en un acuario no suena muy complicada. Se toma un barco, se sale a la mar, se tiende una red y se vuelca el contenido en el acuario. Suena sencillo, pero no funciona. Los arenques son muy sensibles. Más sensibles que muchos peces exóticos tropicales. “Una escama dañada puede significar la muerte”, explica Benke. En las más pequeñas heridas de los peces pueden anidar parásitos, hongos y bacterias. Ello no es ningún problema en la ­naturaleza. Pero en el mundo cerrado de un acuario –por más grande que sea– los parásitos se multiplican a gran velocidad. Los arenques no tendrían posibilidad alguna. La consecuencia: “No podemos atrapar los peces con una red, cada arenque debe ser pescado por separado. Luego debe ­quitársele cuidadosamente el anzuelo y mantenérselo algunas semanas en cuarentena”, dice Benke. Por ello, en 2008, pescadores se dedicaron a sacar arenques uno a uno del mar con cañas de pescar en las ­costas del Báltico.

Las cañas no se necesitaron para la segunda gran atracción del Ozeaneum. Transportadores especiales llevaron los objetos de exposición hasta el muelle del puerto. Los objetos no están conformados por piel, huesos y cartílago, sino por acero, pintura y plástico: modelos de ballenas en tamaño original. Los arquitectos de Behnisch Architekten reservaron para los mayores mamíferos del mundo un edificio propio de exposición, de unos 20 metros de altura y 30 metros de largo. “1 a 1 – Gigantes de los mares”, se titula la exposición al final del recorrido del Ozeaneum. Sobre las cabezas de los visitantes flotan una ballena azul de 20 metros de largo, una hembra de rorcual de 16 metros de largo y un animal joven del tamaño de un automóvil, una orca de 15 metros de largo y –como atracción especial– un cachalote de 15 metros de largo, luchando con un calamar gigante. Una luz azul amortiguada sumerge a los visitantes en un mundo de colores que se corresponden con el del agua a algunos metros de profundidad. La banda de sonido para la ópera marina son cantos de ballena. Clics, chasquidos y sonidos sordos y profundos llenan la enorme sala. Aquí, debajo de los colosos, se puede encontrar una y otra vez al director del Ozeaneum. Benke se distiende en una de las reposeras y deja volar sus pensamientos. A la vista de los gigantes mamíferos le quedó claro qué pequeña parte de la creación es el ser humano. Quizás tenga razón. Pero cierto es también que el Ozeaneum es algo muy grande. Nada menos que un singular homenaje al mar.

19.01.2009
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