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Orquesta West-Eastern Divan

Aprender de la música

En una orquesta, el uno debe oír al otro: ¿existe una mejor escuela para el diálogo? La West-Eastern Divan, creada por el director Daniel Barenboim, es una de las orquestas más singulares del mundo

Christine Lemke-Matwey

No es que Daniel Barenboim no sea una solicitada personalidad de la vida pública. Aquí un nuevo gran premio, allá una disertación académica, más allá un patrocinio o simplemente el próximo ciclo de óperas de Wagner y sonatas de Beethoven. El director musical general de la Staatsoper unter den Linden, de Berlín, es solicitado, influyente, tiene los mejores contactos desde sus días como niño prodigio. Y cuando le parece efectivo y sensato, recurre a sus contactos. Pero al principio nadie creyó en este proyecto, quizás tampoco el propio Barenboim. Bernd Kaufmann, en 1999 director de programa de Weimar como capital europea de la cultura, lo quiso llevar a la ciudad de Goethe, costara lo que costara. La reacción de Barenboim, medio en broma, medio reacción de respeto a la apasionada perseverancia de Kaufmann, fue: consígame un grupo de músicos jóvenes israelíes y árabes y entonces vengo a Weimar para un taller.

Kaufmann no necesitó que Barenboim lo dijera dos veces. Ya la impresionante resonancia que tuvo el primer anuncio en la prensa entre Tel Aviv y el Cairo, Túnez y Beirut superó todas las expectativas. Al final hubo 200 postulaciones de músicos jóvenes de entre 14 y 25 años, provenientes de Egipto, Jordania, Siria, Israel y el Líbano. Poco después nacía la Orquesta West-Eastern Divan. Su nombre es una referencia a la colección de poemas de Wolfgang von Goethe inspirados en el poeta persa Hafez. La orquesta tiene su sede en Sevilla desde 2002 y es sin duda uno de los instrumentos más polifacéticos, lujosos e idealistas en el conflicto del Oriente Próximo. Los 80 miembros de la Orquesta West-Eastern Divan se reúnen una vez por año en el marco de un taller de varias semanas y salen luego de gira, por ejemplo con obras de Beethoven, Mozart o Verdi.

Esta orquesta, dice Barenboim, no llevará la anhelada paz a la región. Pero, “cuando un joven árabe y un joven israelí se sientan juntos delante de un atril, intentan tocar la misma nota con la misma dinámica, el mismo movimiento de arco, el mismo sonido y la misma expresión, cuando ambos hacen algo con toda su pasión, el diálogo ya está allí. El acuerdo artístico logrado respecto a una única nota hace imposible que ambos permanezcan los mismos de antes.” Una joven violinista palestina lo expresa así: “Aquí somos todos simplemente seres humanos y entre nosotros no existe ninguna muralla”. Cuando, después de dar conciertos en todo el mundo, la Orquesta West-Eastern Divan se presentó en 2005 por primera vez en Palestina, fue un grandioso triunfo sobre todos los obstáculos y reparos políticos y burocráticos.

El credo político de Daniel Barenboim que inspira este “experimento piloto” es conocido. El músico estrella celebrado internacionalmente no deja pasar oportunidad, adecuada o inadecuada, para llevarlo a la práctica y formularlo: cuando, en el 2001, dirige obras de Wagner con la Berliner Staatskapelle; cuando en el 2004 en la Knéset cita pasajes de la Constitución israelí, siendo por ello fuertemente atacado o cuando, el año pasado, acepta como primer y hasta ahora único israelí la ciudadanía palestina. Detrás de todas esas acciones se halla la misma convicción de Barenboim. Que esa convicción pueda ser aplicada sin más en todas las situaciones de conflicto habla, más allá del necesario coraje personal, a favor de su calidad intelectual y humanística: Israel, dice Barenboim, y se oye inauditamente simple, se podrá liberar permanentemente de la violencia y el terror sólo con los palestinos, pero nunca sin ni menos contra los palestinos.

La fundación de la Orquesta West-Eastern Divan es notable también desde otro punto de vista. Pues no se trata en primera lugar de un acto de bondad conceptual, sino de un proyecto que pone en primer plano el arte y su práctica, dejando de lado toda ideología. Edward Said, teórico y crítico literario de origen palestino fallecido en 2003, con el que Barenboim desarrolló el proyecto, lo expresó así: “Tomamos por esta senda más por motivos humanistas que políticos, partiendo de la convicción de que la ignorancia no es ninguna estrategia adecuada para la supervivencia a largo plazo.” También ello suena irresistiblemente sencillo: quien en una orquesta ignora al otro, quien no lo escucha atentamente, fracas. Por lo menos nunca experimentaría qué significa tocar, respirar y existir en una armonía sensorial con los otros.

En el mundo de la música clásica está hoy de moda asumir compromisos más allá del escenario. Lo que diferencia el compromiso de Barenboim del de otros es el hecho de que él siempre reflexiona a partir de la gracia o desgracia de su biografía cosmopolita. Ello lo hace inatacable y auténtico, ello hace de la Orquesta West-Eastern Divan un producto excepcional de su corazón en sus años maduros. Nacido en Argentina de padres emigrantes rusos, pasó su infancia en Israel y muy pronto salió de gira por las salas de conciertos del mundo (también y justamente por las alemanas). El judío Barenboim experimentó en carne propia qué significa no tener un hogar en este mundo. Barenboim habla seis idiomas y medio (el medio es el ruso) y “ninguno correctamente”. La conclusión que ha extraído de la transitoriedad de su existencia va en la dirección contraria, se aleja de la usual cháchara de la tolerancia, del fantasma de todo fundamentalismo ideológico. Diálogo, mediación, educación, ésas son sus fórmulas mágicas. A que éstas no se transformen en clichés, en meras etiquetas, coadyuvan los jóvenes músicos de la Orquesta West-Eastern Divan. Y de que el maestro no se deje seducir por su propia influencia velan Beethoven, Chaikovski, Schönberg & Cía. ¿Cómo le ve el propio Barenboim? Con sabiduría e irreverencia: “No sólo aprendemos de la vida para la música, sino también de la música para la vida.”

La Orquesta West-Eastern Divan se presenta en agosto de 2008 en el escenario a cielo abierto Waldbühne, en Berlín.

25.03.2008
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