Sr. Franzen, ¿qué nota sacaría hoy en un test de alemán?
¿Contra quién? No quisiera asumir la responsabilidad de formular un acuerdo sobre armas nucleares, pero en tanto se trate de hablar sobre mí mismo, no tengo problemas. El alemán está estructurado maravillosamente en forma modular. Los verbos conjugados pueden reducirse a su forma básica. Las palabras cortas ininteligibles se pueden pasar por alto o se pueden entender por el contexto y a las largas e ininteligibles se las separa y se las entiende por partes.
¿Sabe lanzar una maldición en alemán?
Cosas pequeñas, como “Verdammt noch mal”. Pero también puedo gritar “Arschloch”. Problemas tengo con las jergas locales. Aprendí alemán en libros. Como relato en mi libro “Unruhezone” (“The Discomfort Zone”), casi todo el primer año que viví en Múnich hablé sólo inglés, con muchachas norteamericanas, a las que les hacía la corte. Era tímido y no tenía ningún amigo alemán. Sólo en los últimos dos o tres años, en los que he venido regularmente a Alemania, he trabado amistad con alemanes.
¿Tuvo durante sus estudios en Berlín suerte con las muchachas alemanas?
Ya había dado palabra de matrimonio y no podía tener una novia alemana. Tomé esa prohibición bastante en serio. Un día, en una fiesta organizada por el Servicio Alemán de Intercambio Académico con motivo de “Thanksgiving” estaba hablando con una joven increíblemente atractiva, cuando nuestra mentora del DAAD se nos acercó y con toda intención me preguntó: “Jonathan, cómo está tu prometida?”
En su ensayo “El terrible idioma alemán”, Mark Twain realizó una despiadada crítica del alemán. Algunas cosas son discutibles, pero la falta de escrúpulos con que el alemán forma sustantivos monstruosos, como “Generalstaatsverordnetenversammlungen”, la vio muy claramente. ¿Qué es para usted lo peor?
La maldita cuestión de los géneros. “¿Por qué se dice “der Vogel” y no “das Vogel”? Todavía me asusta de tal forma que a veces me detengo en medio de una frase y no me animo a seguir por temor a cometer un error. También las formas irregulares del plural me deparan a veces problemas. Además, me parece que el alemán sentencia a veces demasiado. En su objetividad, tiende a una excesiva rapidez y tersura. Pero quizás tenga esa impresión sólo de algunos hablantes.
¿Hay situaciones en las que habla alemán con usted mismo?
Cuando escribo, traduzco por curiosidad mis frases al alemán, para ver cómo suenan. Intento descubrir si una frase conserva su ironía y su gracia, si es lo suficientemente transparente.
Heidegger definió el lenguaje como la “casa del ser”. ¿Qué clase de edificio es el alemán en comparación con el inglés estadounidense?
La imagen del alemán que se me ocurre es la de una enorme fábrica china, que le ofrece de todo al trabajador: un cine, una cancha de balonvolea, dormitorios… una ciudad empresarial, en la que todo tiene su orden. En los edificios ingleses se pasa muchos menos la aspiradora. Las ventanas no son limpiadas tan a menudo, de las esquinas cuelga suciedad. Particularmente el inglés estadounidense actual es como una desordenada residencia estudiantil.
El inglés ha tomado prestadas muchas palabras del alemán, desde “Weltschmerz” hasta “Kindergarten”. También hay francesas, pero ¿por qué tan poco español?
Exportamos muchos productos que crean un nuevo lenguaje: películas, música, computadoras. Si los franceses hubieran desarrollado Microsoft Windows o el teléfono móvil, hoy muchas cosas llevarían quizás nombres franceses. El inglés antiguo entró en dificultades cuando los normanos invadieron Inglaterra, en el 1066, introduciendo toneladas de francés. Visto a largo plazo, ello fue bueno para el inglés como lenguaje literario. Nos regaló a Geoffrey Chaucer y William Shakespeare. No nos gusta que las cosas bonitas cambien, pero a la larga, vale para toda lengua: ¡cambia o muere!
La entrevista fue realizada por Gregor Dotzauer.
Entrevista: “Der Tagesspiegel”, Berlín














