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Un punto de vista

Repensar todo una y otra vez

La política de integración rechaza las “sociedades paralelas”. ¿Pero por qué son malas? ¿Y dónde viven realmente juntas culturas diferentes? Reflexión

Mely Kiyak

En la primavera de este año alcancé un punto en el que mis ideas sobre el tema de la integración comenzaron a aburrirme. Siempre las mismas conclusiones y el intento de reformular lo ya dicho de tal forma que nadie se diera cuenta de que se trataba siempre de la misma tesis. A saber: que la participación de uno supone siempre que otro deje participar. Un poco de refinamiento en la formulación, un par de notables ejemplos de integración fallida, algo de polémica: ello basta para sentirse cómoda en la propia percepción del mundo y echarse a dormir. Como periodista no se puede cambiar el mundo y menos influir sobre la política. El mundo sólo nos puede transformar a nosotros. En la primavera de este año estuve en un rincón del mundo que cambió por completo mis ideas. Un viaje a Israel relativizó considerablemente mi hasta ahora tajante opinión de que en Alemania no existe una política de integración.

En Alemania, el mayor grupo con trasfondo migratorio lo conforman –después de los repatriados– los turcos, otrora contratados como trabajadores extranjeros y que, a diferencia de muchos trabajadores inmigrantes portugueses, españoles o griegos, no regresaron a su país de origen. Esos ciudadanos de origen turco viven desde hace medio siglo en Alemania. Sería una historia de éxito si no existieran los siguientes problemas: muchos de ellos no se han integrado ni cultural, ni religiosa, ni económica, ni social ni políticamente. Ello genera una atmósfera de crítica observación mutua. En Alemania hemos conversado hasta ahora sobre muchas cosas. Desde el olor a ajo que supuestamente sale de viviendas en las que viven mayormente ciudadanos orientales, pasando por sobre cómo debe anudarse un pañuelo en la cabeza para que no se produzcan malentendidos en relación con la concepción que se tiene de un Estado de derecho y democrático, hasta consideraciones éticas sobre determinados métodos de sacrificio de animales usuales en determinados círculos culturales. Pero sobre ningún otro tema se discute tan apasionadamente como sobre el islam. En términos generales puede afirmarse que si bien las discusiones se llevan a cabo animada e incansablemente, tampoco después de 50 años se ha desarrollado un verdadero conocimiento mutuo. Ello vale para ambas partes. Se está, en sentido figurado, en el vano de la puerta del otro y nada se sabe de él, salvo su nombre. Se lo puede hallar bien, se lo puede hallar mal, existen buenos argumentos tanto para la ignorancia como para el interés.

Estuve entonces en Israel y en los prolegómenos leí que el país se destaca porque integra excelentemente a seres humanos provenientes de los más diversos países: un gran número de grupos étnicos, en todas sus gradaciones y con todos sus matices. Y todos se diferencian por sus convicciones políticas, su fe religiosa, vestimenta, alimentación y ni qué hablar de las diferencias socioeconómicas. Escuché muchas opiniones: escandalosas, de izquierda, de derecha, liberales, conservadoras, indiferentes, radicales, desconfiadas, liberales, en fin, de todo. Hablé con políticos, historiadores, científicos, artistas, periodistas y muchos, muchos taxistas. Pero no hallé la tan mentada integración de carácter modélico. Además de un muro de verdad me topé con numerosos muros mucho menos visibles.

En el bazar del casco urbano antiguo de Jerusalén me asaltaron dos ideas: en muchos lados escuché un pandemonio de indignadas opiniones sobre otros grupos, pero lo que no oí fueron dos palabras con las que en Alemania me topo constantemente: “sociedades paralelas” con una connotación negativa. En Israel existen numerosas sociedades paralelas, en las que los seres humanos crean espacios protegidos. Claro está que un espacio separado tiene efectos negativos sobre la confianza de quienes se hallan fuera de él. Pero no escuché que nadie se lamentara de que los seres humanos en esos espacios protegidos se vieran diferentes, hablaran otra lengua, escribieran con otros caracteres, etcétera. ¿Por qué lo hacemos en Alemania? ¿Y dónde existe en el mundo un lugar en el que diversas capas sociales con religiones y culturas diferentes efectivamente convivan y se fructifiquen mutuamente? Volví a reflexionar y llegué a la conclusión de que el término “sociedades paralelas” siempre desató en mí el reflejo de hallar una solución, sin haberme preguntado nunca qué hay realmente de escandaloso en la existencia de “sociedades paralelas”. Quizás sólo el hecho de que esos espacios no deberían verse como encajonados en cemento. Quién percibe la necesidad de ascender, que sólo puede definirse al mismo tiempo como el deseo de abandonar el medio social en el que vive, debe tener opciones realistas para llevarlo a cabo. Por ejemplo a través del acceso a la educación. Pero aquí llegamos nuevamente al punto en el que comienza a antojárseme aburrido, pues debería hacer nuevamente trampas y presentar la vieja cantinela en nuevos ropajes: algo que no va con el título de este artículo.

¿Qué piensa usted sobre la opinión de Mely Kiyak? Escríbanos a: redaktion.deutschland@fsd.de, tema: “Integración”

Mely Kiyak
Nació en 1976 y vive actualmente en Berlín. Es periodista free lance y escribe para renombrados periódicos y revistas de Alemania. La autora es hija de inmigrantes kurdos provenientes de Turquía y participa en el proceso de diálogo denominado ­Conferencia Alemana sobre el Islam.

18.09.2008
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