Cuando llegué a Bonn, Alemania era para los franceses un país aburrido, concentrado en su éxito económico, con una considerable porción de moralidad y exento de todo humor. Una imagen para nada lisonjera, hay que reconocerlo. “Pronto estarás hasta la coronilla del crecimiento económico y la cuestión alemana, ¡pobrecita!” me dijo mi redactor jefe como saludo de despedida. Alemania era un puesto importante, pero no particularmente apasionante que digamos. Los alsacianos como yo estamos predestinados para ello, por los conocimientos de alemán. Así fue que el 11 de septiembre de 1989 llegué a Bonn. El primer día fue toda una pesadilla. Venía de Londres y me encontré de pronto en una bella pequeña ciudad, tan atildada como insípida. Todo parecía indicar que la profecía de mi jefe se iba a cumplir.
Algunas semanas más tarde caía el Muro de Berlín. Un suceso muy al gusto de los franceses: un espectáculo histórico, grandioso e impresionante. Alemania llenó durante meses las primeras páginas de todos los diarios franceses. De pronto descubrimos nuestra historia de posguerra, pasamos a interesarnos por la sociedad y las diferencias de mentalidad entre el Este y Occidente. Observamos con gran atención cómo los políticos construían un nuevo país. Y además Alemania pasó a tener una verdadera capital… ¡y qué capital! Los franceses, sobre todo la joven generación, aman a Berlín. Los tiempos de la transición fueron un extraño vacío: nadie podía pronosticar el futuro. Todo era nuevo y apasionante. Fueron los años más hermosos de mi actividad periodística: Alemania no era aburrida ni siquiera por un instante. La caída del Muro cambió por completo la imagenque los franceses tienen de Alemania.
La unidad y la velocidad con la que se produjo también despertaron temores. Recordemos la circunspecta reacción de François Mitterrand al comienzo de la unificación de la RDA con la República Federal. Los franceses teníamos miedo de ese gigante en el corazón de Europa. Temíamos un giro de Alemania hacia el Este, un creciente desinterés tanto en la integración europea como en una intensa relación con Francia. Nos espantaba la idea de que la democracia alemana pudiera comenzar a tambalearse. Esos miedos nos parecen hoy absurdos. La inseguridad ha desaparecido. Las relaciones entre nuestros dos países se han normalizado. Hoy nos miramos de igual a igual. Alemania ha cobrado más confianza en sí misma, por lo cual también se registran más a menudo fricciones entre París y Berlín. Hoy, Alemania ve a su vecino más crítica y objetivamente. La relación es más equilibrada y sana. Para los alemanes, Francia ya no es un ídolo. Y está bien que así sea.













