Fue una confesión con lágrimas. El año pasado, el ciclista Erik Zabel admitió haber utilizado durante el Tour de Francia 1996 dopaje sanguíneo para aumentar su rendimiento. Y no fue el único escándalo. Ya a fines de los años 90 salieron a luz numerosos casos de dopaje en populares disciplinas deportivas. La opinión pública mundial sufrió un shock… y las asociaciones deportivas quedaron desorientadas. ¿Cómo impedir qué cada vez más deportistas aumenten su rendimiento con sustancias y métodos no autorizados, obteniendo así una ventaja ilegítima y violando los valores básicos del deporte, incluso de la sociedad? Comenzó entonces una discusión internacional, con el resultado de que el COI convocó en 1999 una Conferencia Mundial sobre el Dopaje en el Deporte. De ella surgió la Agencia Mundial Antidopaje (WADA). Ésta define las reglas, el "Código", que luego son implementadas por las organizaciones nacionales. En Alemania, esa tarea fue asumida por la Agencia Nacional Antidopaje (NADA). En el verano de 2006, Alemania ratificó también la Convención Internacional contra el Dopaje en el Deporte, aprobada en octubre de 2005 por la Asamblea General de la UNESCO en París.
El dopaje seguramente no ha disminuido en el ínterin. “Así como no existe ninguna sociedad sin crimen, tampoco existe prácticamente deporte sin dopaje”, dice Ulrike Spitz, jefa de relaciones públicas de la NADA. Pero por lo menos, en Alemania han sido redoblados los controles y la prevención. La NADA ha llevado a cabo desde su fundación, en 2002, 4500 controles anuales de dopaje al margen de las competiciones. En este año olímpico serán de 8000 a 9000. La NADA coopera para ello con PWC, una empresa especializada en controles médicos en el deporte. Sus empleados toman en forma no anunciada muestras de sangre u orina de deportistas en todo el mundo, durante los entrenamientos o el tiempo libre. El número de casos positivos entre los aproximadamente 1500 atletas controlados no llega últimamente al uno por ciento. El deporte alemán de alto rendimiento es ahora más “limpio”.
Los 18 empleados de la central de Bonn trabajan al límite de sus capacidades. Su tarea: controlar en forma independiente, digna de crédito y profesional, prevenir, asesorar a los atletas alemanes en cuestiones médicas y jurídicas e impulsar simultáneamente la cooperación internacional. A pesar de todos los esfuerzos realizados, el trabajo de la NADA llega a veces también a sus límites: no todas las sustancias son todavía detectables, por ejemplo el dopaje con la propia sangre, y algunas formas de EPO (dopaje sanguíneo) no pueden ser llevadas aún ante tribunales. Además, la NADA sólo puede controlar durante los entrenamientos o el tiempo libre. Durante las competiciones, los controles son llevados a cabo por las federaciones deportivas o los organizadores de los eventos.
Como ex periodista deportiva, Ulrike Spitz conoce la problemática demasiado bien como para hacerse ilusiones: “Muchas cosas no podrán probarse nunca”. Y también sabe que cuando se descubre algo, los manipuladores buscan rápidamente un sustituto. Por ello, la NADA apuesta sobre todo por la prevención. La Agencia Antidopaje organiza desde diciembre de 2007 eventos informativos en centros de entrenamiento y estudio del deporte. Allí se debaten no sólo las consecuencias para la salud, sino también las sociales. El objetivo es que a los jóvenes les quede claro que los deportistas que se dopan pierden su credibilidad, en la familia, entre los amigos y en la sociedad.
Pero todavía queda mucho por hacer: por ejemplo el desarrollo de un sistema amplio y homogéneo de controles y la creación de un tribunal arbitral deportivo. En todo caso, la NADA se ha ganado una buena reputación internacional en los últimos seis años y se halla al mismo nivel de los escandinavos y franceses, a pesar de un presupuesto relativamente modesto, de 5,5 millones de euros. Para mejorar el sistema, la NADA intensifica ahora el intercambio con otras agencias nacionales.













