El 9 de noviembre de 1989, Hans-Ulrich Treichel estaba en el consultorio de su dentista. Para el día siguiente tenía agendado un seminario sobre Gottfried Benn en la Freie Universität de Berlín, y no tiene la menor duda de que ese seminario se hizo. Sin su agenda probablemente no recordaría esos detalles. Para Marcel Beyer, la fecha se asocia al hecho de recibir su “primer coche”. Ulrike Draesner estaba escribiendo su tesis de doctorado en Múnich y se enteró de la caída del Muro cuando vio los primeros “Trabis”, los típicos coches de la RDA, en la ciudad. Katja Lange-Müller, que se mudó de Berlín Este a Berlín Oeste en 1984, estaba efectuando una gira de charlas literarias y esa noche se alojó en un hotel de Bochum sin enterarse de lo que pasaba. Los escritores alemanes, al menos los occidentales, pasaron esa importante noche en la historia de Alemania en su mayoría sin darse cuenta de lo que sucedía. Eso es al menos lo que se deriva de la antología “Die Nacht, in der die Mauer fiel” (La noche que cayó el Muro), que recoge el testimonio de escritores sobre aquel día.
Los alemanes orientales, en cambio, estaban cumpliendo su servicio militar en el Ejército Popular Nacional de la RDA –como Jochen Schmidt, Uwe Tellkamp y André Kubiczek– y no pudieron sumarse al “baile sobre el Muro”. Entre los de su generación, la opinión era más bien difusa. Con la caída del Muro terminaba la fase de ímpetu revolucionario, durante la cual los implicados creyeron ser sujetos de la Historia. Para su sorpresa, vieron que podían cambiar el curso de los acontecimientos. No obstante, apenas comenzaron a percatarse de lo que sucedía, ya todo había pasado. Para las generaciones posteriores, los relatos sobre la caída del Muro parecen salidas de un cuento de hadas. Un acontecimiento histórico concreto se hunde con el correr del tiempo en la vorágine histórica y adopta rasgos míticos. La denominación poco precisa de “caída del Muro“, que se impuso en el lenguaje popular, convierte el acontecimiento en algo irreal. Parece como si el Muro se hubiera caído por cansancio o desgaste. Ese concepto no contempla al sujeto activo que lo tire abajo.
¡Qué mundo más extraño e inverosímil! Una ciudad dividida por un muro. Gente que moría acribillada cuando intentaba cruzar la frontera. El baile sobre el Muro. Los “pájaros carpinteros” que picoteaban el Muro para llevarse un recuerdo. También el delegado del régimen de la RDA que balbuceaba mientras leía de un papel la noticia de la apertura de la frontera, como si él mismo no supiera de qué se trataba; todo ello forma parte de las figuras míticas de la Historia. El politólogo Herfried Münkler, laureado por su libro “Die Deutschen und ihre Mythen“ (Los alemanes y sus mitos) con el premio de la Feria del Libro de Leipzig, se lamentaba de que la República Federal de Alemania, desde de su fundación en 1949, carecía de mitos propios a los cuales recurrir para marcar su identidad. La caída del Muro podría llenar ese vacío en la nueva Alemania. La literatura, como gran narradora de historias, podría ser protagonista destacada en ese proceso.
Durante años, en los suplementos de cultura de se esperaba con desesperación la llegada de la “gran novela del cambio”. “Wende” (el cambio) es la palabra con la que los alemanes definen la caída del Muro y la reunificación. Aunque se habían publicado varios libros sobre el tema, la espera continuaba. Otros, como “Moskauer Eis” (El hielo de Moscú) de Annett Gröschner, “Landnahme” (Ocupación de tierras) de Christoph Hein, “Spiegelland” (País a través del espejo) de Kurt Drawert o “Zimmerspringbrunnen” (Fuentes de interior) de Jens Sparschuh, ni se consideraban “novelas del cambio”. Desde que en los últimos cuatro o cinco años se ha reducido la expectativa de la “gran novela”, la literatura puede respirar con más libertad.
Entre tanto se ha publicado una serie de libros que se ocupan con naturalidad de los hechos del año 1989 y de sus consecuencias, sin la obligación de erigirse en la “gran novela del cambio”; por ejemplo, la corta novela de Julia Schoch “Mit der Geschwindigkeit des Sommers” (A la velocidad del verano), una especie de réquiem a la RDA, ambientada en un pueblo de Mecklemburgo, durante mucho tiempo marcado por la presencia de tropas del Ejército Popular Nacional de la RDA y en el que la hermana de la narradora se había enamorado de un soldado. Cuando la hermana se suicida en Nueva York, la narradora decide seguir las huellas de su vida. La impasibilidad del pasado se corresponde con las sobreexigencias de la libertad. Así se expande el arco narrativo desde aquel tiempo hasta el presente.
Cuando en 1995 el libro de Thomas Brussig “Helden wie wir” (Héroes como nosotros) fue celebrado como la primera “novela del cambio”, el histórico 9 de noviembre todavía era muy cercano. Brussig se aproxima con burla y filosa ironía al patético momento histórico y a las exaltaciones ideológicas de la época que siguió a esa fecha. Describe la caída del Muro como algo grotesco, y la revolución, como un chiste trasnochado de la historia. Menos llamativo pero con más precisión psicológica, Angelika Klüssendorf tematiza en 2009 el componente erótico de la transición. “Amateure” (Aficionados) se llama la nueva novela de la escritora nacida en 1958 en Alemania Occidental; en 1961 se fue a vivir a la RDA, allí se crió y volvió a Alemania Occidental en 1985. Sus narraciones, de claridad meridiana, están plenamente consustanciadas con el conflicto Este-Oeste y se desarrollan desde el otoño de 1989, pasando por el extraño festejo del Día de la Unidad Alemana el 3 de octubre de 1990 hasta bien entrados los años 90. En nuevos episodios se recrea el proceso de la unificación a través de relaciones de parejas, en las cuales los hombres siempre son los occidentales. Son dentistas, realizadores de televisión o presumidos conductores de Jaguar. Una de esas parejas se encuentra por primera vez aquella noche del 9 de noviembre de 1989 sobre el Muro de Berlín. Él había subido al mismo desde el lado occidental y ella, desde el Este. Ya sobre el Muro se besan espontáneamente e intercambian sus números de teléfono. La historia de amor que sigue trata sin embargo de malentendidos y alienación, y es, por ello, sintomática del acercamiento entre las dos Alemanias, desde la óptica de la autora. Klüssendorf cuenta la caída del Muro como reinterpretación del cuento de hadas de los príncipes que no logran entenderse.
La novela más voluminosa y tal vez más importante sobre este proceso es “Neue Leben” (Nuevas vidas), de Ingo Schulze. Tuvieron que pasar 15 años para poder mirar con suficiente distancia retrospectiva el colapso de la RDA. Schulze describe el año 1989 como punto de inflexión en la vida de su personaje Enrico Thürmer, quien narra la historia a través de cartas. Enrico trabajaba en la RDA de dramaturgo, después es editor de un periódico de anuncios. Un hombre que se dedicaba a la literatura se convierte en un hombre de números y de economía. Y todo le sucede sin él haberlo planeado. El “cambio” es el que dirige la vida de las personas y sus biografías. Extrañamente, los episodios dedicados al otoño de 1989 son los más aburridos del libro. Tal vez porque ya se ha escrito tanto sobre el tema y porque hastaun gran narrador como Ingo Schulze no consigue “destilar” nada nuevo o sorprendente de la época. Los motivos, sean las manifestaciones de los lunes en Leipzig o las “mesas redondas” de debate, son temas recurrentes y trillados para los alemanes. Más provechoso desde el punto de vista literario es en todo caso evitar los senderos ya transitados hasta el hartazgo en el campo político. La novela de Ingo Schulze “Adam und Evelyn” (Adán y Evelyn), publicada en 2008, lo demuestra de forma elegante. Es una creación literaria que, de forma libre y fantasiosa, detalla una huida de la RDA que se antoja la salida al paraíso. Pero ¿dónde estaba el paraíso? ¿Realmente en Occidente? ¿O no consistía acaso el paraíso – como piensa el mismo Schulze – en el hecho de que los alemanes orientales podían escapar en sus sueños de la RDA para llegar a un mundo distinto y mejor, un estado que terminaría abruptamente en 1989? Con la llegada del Oeste al Este desapareció para siempre esa trascendencia, opina Schulze.
La última novela sobre el tema es “Der Turm” (La torre), de Uwe Tellkamp, laureada con el Premio del Libro Alemán. Tellkamp describe allí los últimos años de la RDA desde la perspectiva de clases ilustradas que vivían en un elegante barrio de Dresde, cuyos habitantes se protegían de los sufrimientos de la vida cotidiana en la RDA con cuartetos de cuerdas y literatura clásica. Describe el gran cansancio de aquella sociedad, su hipocresía y su moral, su cobardía y su valentía y las maniobras de adaptación necesarias para simplemente mantenerse fuera del sistema. La novela desemboca en el otoño de 1989, en el gran “torbellino de la Historia”. Se anuncian grandes acontecimientos del destino, pero la novela no pasa de sugerencias. Tal vez Tellkamp haya temido caer en el estereotipo o considera que después de la fase agónica, la caída del Muro no es algo interesante como objeto narrativo. Lo interesante viene más tarde. Pero eso ya es otra historia.













