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Levedad y Brecht y libertad

Demasiado intelectual, demasiado complicada, demasiado introvertida: la literatura alemana no se estimaba mucho antes en el propio país. Felicitas von Lovenberg, crítica literaria del diario Frankfurter Allgemeine Zeitung, sobre la nueva literatura alemana

Que la producción propia se venda más que la importada ha sucedido muy pocas veces en la literatura alemana moderna. Desde hace siglos, los autores alemanes tienen fama de escribir libros muy sesudos, que obligan a los lectores a reflexionar mucho. Esa ambición de lograr validez, relevancia y equilibrio fue vista como una desventaja competitiva de la literatura alemana. Ya Goethe suspiraba: “Mientras los alemanes se torturan tratando de resolver problemas filosóficos, los ingleses se ríen de nosotros con su gran sentido práctico y ganan el mundo para ellos.”

/1//Goethe ya no lo diría hoy. Hace algunos años, la literatura alemana, que siempre es germanohablante y también incluye a la austriaca y la suiza, despertó por fin de su sueño de bella durmiente, o, mejor dicho, se dejó besar de buena gana. El príncipe que llevó a la novia tímida y bella al escenario, donde por fin todo el mundo la pudo ver fue el Premio Alemán del Libro. Justamente la novela que por muy poco no ganó el premio, “La medición del mundo”, de Daniel Kehlmann, dio comienzo a una rehabilitación a fondo. No sólo el resto del mundo, sino también el propio público alemán comenzó a ver que la calidad literaria no necesariamente significa pena y esfuerzo. El Premio Alemán del Libro llamó nuevamente la atención sobre la literatura alemana… reforzando simultáneamente un proceso fatal: la imposibilidad de los libreros y el público de prestar la requerida atención a más de unos solos pocos títulos. Los últimos best-sellers alemanes en la lista del “New York Times” –“El Perfume”, de Süskind, y “El lector”, de Schlink– datan ya de algunos años atrás. Lo interesante y lo nuevo es que las novelas alemanas vuelven a liderar las listas de libros más vendidos en la propia Alemania, desde “Un hombre amante”, de Martin Walser, hasta “La mujer del mediodía”, de Julia Franck.

/2//La época de las corrientes literarias y los fenómenos de moda, la literatura pop y las chicas maravillas por suerte ha pasado a la historia. Fueron los precursores de la gran amplitud y variedad de la literatura alemana de hoy. La literatura alemana ha encontrado una esencia que puede fundamentarse históricamente en la reunificación, pero que también se debe en gran parte a la globalización, no sólo virtual. Con la creciente distancia de la Segunda Guerra Mundial, una joven generación pudo salir de las sombras de Günter Grass, Martin Walser, Hans-Magnus Enzensberger y Siegfried Lenz. La intensa reflexión sobre Alemania, su historia y sus estados de ánimo en el sentido de la sentencia de Dolf Sternberger “No sabemos quiénes somos. Ésa es la cuestión alemana” no ha perdido vigencia, pero se ha vuelto polifónica y cosmopolita. Ello se refleja en que escritores como Feridun Zaimoglu y Terézia Mora, cuya lengua materna no es el alemán, han conquistado posiciones de primera fila en la literatura alemana.

Observable es también una nueva libertad: cada cual escribe lo que quiere, las anteojeras ideológicas han sido dejadas de lado. En primer plano no se halla qué se relata, sino cómo se lo relata. No sólo parece haberse cerrado la profunda brecha que existía entre la “literatura seria” y la “literatura de entretenimiento”, sino que tampoco existen corrientes estéticas que compitan entre sí. Los escritores que dan la tónica, desde Kracht a Kehlmann, Hacker a Hettche y Tellkamp a Trojanow, están todos intercomunicados en red. Sin embargo, no se toman mutuamente como modelo y a los clásicos, como Thomas Mann y Bertolt Brecht, ya no se les hace reverencias. Los héroes son ahora norteamericanos, desde Faulkner hasta Franzen, o el realismo mágico, con su representante sin ilusiones, Roberto Bolaño. A la profesionalización del “como a nosotros nos gusta” coadyuvan nuevos centros literarios, sobre todo el Instituto Literario Alemán en Leipzig. La diversidad se refleja también en la escena editorial: no toda Alemania es regida por grupos editoriales y cadenas de librerías, aún existen hacedores de libros que se resisten a programas editoriales regidos solamente por intereses de venta. Estados Unidos y Gran Bretaña sólo pueden soñar con una tal variedad y esmero.

/3//¿No ha quedado entonces nada alemán? Sí, ha quedado. La introspección, la complejidad y la duda. Y una seriedad que, a pesar de toda la lúdica liviandad, nunca quiere ser el arte por el arte. Ello enriquece enormemente la lectura. Quien aún necesita una prueba, que le pregunte a la Academia Sueca, que cada cinco años concede un Nobel de Literatura a un autor de habla alemana… Günter Grass en 1999, Elfriede Jelinek en 2004 y Herta Müller en 2009: un ritmo al que uno puede acostumbrarse. //

05.03.2010
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