La pelota permanece inmóvil. Falta una “L”. Antes de que en el parque Galluspark comience el partido, Salvatore trepa por el alambrado. Dennis le alcanza el cartón amarillo con la letra roja. Momentos después, el nombre está nuevamente completo: “GALLUSPARK BOLZPLATZ”, lo que significa tanto como “Cancha de fútbol Galluspark”. La “L” se encuentra nuevamente en su lugar. No bien Salvatore regresa a la cancha, comienza el encuentro. Salvatore, Dennis y otros casi 150 jóvenes de once países juegan todos los miércoles y domingos al fútbol en la cancha de piso de asfalto en el barrio de Gallus, en Fráncfort del Meno. El barrio obrero, ubicado entre la estación central de ferrocarriles y el recinto ferial, está considerado un foco de tensiones sociales. La mitad de sus más de 25.000 habitantes tiene trasfondo migratorio. En las escuelas, el 80 por ciento de los alumnos son extranjeros. Encontrar un puesto de aprendizaje de un oficio e incluso terminar la escuela no es fácil para muchos jóvenes del barrio. El barrio tampoco ofrece muchas posibilidades para pasar el tiempo libre. Por ello, las canchas de fútbol son muy importantes.
Al margen de la cancha se halla la persona a la que los jóvenes de Italia, Kazajstán, Polonia y Turquía deben agradecer el rectángulo de juego. Ahmet Söylemez, de profesión pedagogo social. Junto con su colega Helga Roos dio el impulso inicial de lo que para los jóvenes se transformaría en parte esencial de su vida. Ambos mostraron a los muchachos dónde podían obtener fondos públicos y la autorización municipal para la cancha, además de patrocinadores y otros jugadores. “El fútbol es sólo el comienzo. Lo que queríamos es que los propios jóvenes tomaran la iniciativa y se ocuparan también de cuidar la cancha. El objetivo es que breguen todos juntos por una cosa”, dice Söylemez. La cancha de asfalto en un terreno baldío desde hace años es sólo el más reciente de muchos proyectos de integración que Söylemez, de 53 años, y Roos iniciaron en Fráncfort en relación con el deporte. La cancha se inauguró con un “Mundial Juvenil de Países de Fantasía”, en 2006. Bajo el techo del Círculo Deportivo de Fráncfort, al que pertenecen los clubes deportivos de la ciudad, ambos pedagogos sociales reunieron alrededor de una mesa a casi 50 clubes y asociaciones culturales y de inmigrantes, organizaron campos de entrenamiento y fiestas interculturales. Además elaboraron un “Código Gallus”, en el que se aboga por el juego limpio, la tolerancia y el respeto mutuo. El más reciente éxito es el proyecto de cooperación “Gallus – 1 a 1 para la formación profesional”, con el que ambos pedagogos sociales apoyan a los jóvenes en la búsqueda de puestos de aprendizaje de oficios. El reconocimiento no se hizo esperar: este año, la Asociación pro Democracia y Tolerancia premió a la Iniciativa Gallus, y en 2007, el Premio Integración de la Asociación Alemana de Fútbol (DFB) fue también para Fráncfort. “El fútbol es ideal para la integración: da lo mismo de dónde se provenga, qué idioma se hable y qué religión se profese, en la cancha juegan todos para todos”, dice Oliver Bierhoff, ex integrante de la selección alemana, manager de la actual selección y patrocinador del Premio Integración de la DFB.
La DFB no es la única institución deportiva que apoya a los inmigrantes: “Integración a través del deporte” se llama un programa de la Confederación Olímpica Alemana del Deporte (DOSB) en el que participan anualmente hasta 500 clubes (véase a la derecha). Se trata de clubes como el Sportgemeinschaft Friedrich der Große en Herne, a algo menos de 240 kilómetros al noroeste de Fráncfort del Meno. El antiguo club de la mina Friedrich der Große desarrolla ya desde 1995, con el apoyo de la DOSB, actividades para mejorar la integración de mujeres y hombres con trasfondo migratorio. Entrenadores bilingües, a los que la DOSB envía una y otra vez a cursos tales como “El islam” o “El deporte intercultural”, hacen que el número de afiliados aumente constantemente. Más de un tercio de los socios proviene de Turquía, el norte de África, Europa Oriental o países árabes. No sólo juegan juntos al voleibol, sino que también van juntos al zoológico o al cine.
La científica del deporte Simone Seefried, jefa del proyecto de la DOSB, sabe por qué justamente los clubes deportivos son claves para la integración: “El deporte entusiasma y une a seres humanos de diferentes nacionalidades, sin que el idioma constituya barrera alguna. Por ello, el deporte es una gran oportunidad para la integración.” Actualmente, en el foco de la iniciativa “Integración a través del deporte” se halla el apoyo a las mujeres inmigrantes. Menos del uno por ciento de ellas, dice Seefried, desarrolla actividades deportivas en un club. Cuán grande es la demanda de ofertas especiales para mujeres y muchachas lo demuestra otro proyecto en Heidelberg, también apoyado por la DOSB. Cinco clubes iniciaron en octubre de 2006, junto con un centro internacional de mujeres, la Universidad y varios grupos musulmanes, el programa “Deporte – Diálogo – Integración”, que ofrece, además de actividades deportivas, también cursos de costura, alemán y autoafirmación. El éxito es inmenso: el 80 por ciento de quienes participan son mujeres inmigrantes.













