Delgada fue la mayoría en el Bundestag (Parlamento federal) a favor de Berlín, cuando en 1991, después de la reunificación, se votó acerca de cuál sería la futura sede de gobierno. Desde 1949, la República Federal de Alemania (Occidental) había sido gobernada desde Bonn, una pequeña y recatada ciudad a orillas del Rin, mientras que la República Democrática Alemana (Oriental) había proclamado a Berlín Oriental como capital. El Muro dividió a la ciudad desde 1961. Hoy es inimaginable que se haya producido siquiera una discusión: Berlín, a pesar de estar ubicada en el ángulo noreste del país, a 60 kilómetros de la frontera con Polonia, es hoy día absolutamente indiscutida como capital y sede tanto del Gobierno Federal como del Parlamento.
La ciudad ejerce una gran atracción sobre visitantes de todo el mundo. A Alemania no se le echa en cara haberse vuelto más nacionalista. La unidad y su propia importancia no se le subieron a la cabeza. Pero el país es sí más europeo y ello se refleja sobre todo en Berlín. A veces Berlín aún se embriaga consigo misma. Hay que aprender a ser metrópoli. Berlín es una mescolanza, no tiene una clara “identidad”. Pero justamente eso, las rupturas, el nerviosismo, lo nuevo y lo viejo, lo provincial y lo capitalino, lo oriental y lo occidental conforman el verdadero atractivo de Berlín y su autodefinición.
Muchos reparos se oyeron cuando se planeó el “Monumento en recuerdo de los judíos europeos asesinados”, un enorme campo de estelas, sin nombres ni inscripciones en las piedras que sobrepasan la cabeza de los transeúntes, junto a la Puerta de Brandeburgo y no muy lejos del edificio del Reichstag. Hoy ya nadie recuerda esas objeciones. El monumento, un mar ondeante gris de piedras troncas, no desata una sensación de abatimiento. Berlín –tal la impresión– se ha sincerado. El pasado no puede reprimirse en una ciudad como ésta. Restos de ello, rastros de la era del Estado militar prusiano, mantenido unido férreamente desde aquí, del último emperador alemán en la “capital del Reich”, del terror nazi y naturalmente de las décadas de división (hasta 1990) saltan a la vista por doquier.
Berlín representaba la división dentro de la división, luego que su parte occidental pasara a ser una isla en la RDA, unida por un cordón umbilical a la República Federal de Alemania, como bastión del “Mundo libre”, como la radio de Berlín no se cansó nunca de repetir. Hoy todo es historia. Algunas huellas han desaparecido, pero pocas fueron ocultadas. Berlín no niega sus heridas y justamente eso la hace sorprendentemente moderna. Los palacios y parques en el sur de la ciudad recuerdan a la “Arcadia prusiana”, pero como cita, no como imitación. Es cierto que el palacio real Stadtschloss, en el medio de la ciudad, dinamitado por la RDA en 1950 y sustituido por el Palacio de la República, será reconstruido. Pero mientras este último fue descontaminado primero de asbesto y ahora es demolido, el centro, con sus museos, la Ópera, la Universidad y las magníficas fachadas, no da la impresión de que allí se intente reconstruir un ayer idealizado. Berlín no puede negar su pasado, de triunfos y ruinas.
Por ello la palabra más adecuada para la Berlín de hoy me parecer honradez. Lamentablemente sólo marcas en el suelo recuerdan hoy el trazado del Muro, construido en 1961 por “soldados albañiles”, para detener la sangría de la RDA. En algunos terrenos abandonados durante la división se levantan nuevos edificios. La plaza Potsdamer Platz, por ejemplo, fue durante la división un desolado descampado. Hoy se levantan allí los edificios más modernos de Berlín, tan altos como quieren los berlineses. Fráncfort los ama más altos, ni qué hablar de Londres, Shangai o Nueva York. Pero para Berlín lo importante era probar que allí no se mira sólo hacia el pasado y construyó sobre la línea del Muro un engarce que une a las antiguas Berlín Oriental y Berlín Occidental.
Ya una vez, en los años 20 de la República de Weimar, Berlín tuvo una singular fama como ciudad de contrastes. La ciudad, entonces mayor que hoy, se dividía en arriba y abajo, ricos y pobres. Hoy se agrega la brecha entre la parte oriental y la occidental. El “Muro en las cabezas”, el muro invisible, desaparece sólo lentamente. Pero para los estudiantes de la Universidad Humboldt (ex parte oriental) y la Universidad Libre (ex parte occidental) esa divisoria ya no existe realmente. Tampoco para los funcionarios que llegaron a la ciudad con la mudanza, o para los “nuevos ricos” de todo el mundo, que no pueden renunciar a tener un apartamento en el barrio en vogue de Prenzlauer Berg o sobre la plaza Kollwitzplatz. Allí, Berlín Oriental es sometida a un lifting total, tan rápido como consecuente. ¡Qué importante sería que por lo menos uno de los grandes escritores o sociólogos de los años 20, como Siegfried Kracauer o Walter Benjamin, viviera para analizarlo! Bien, por lo menos se han asentado allí el escritor ruso-berlinés Vladimir Kaminer y el autor turco-alemán Feridun Zaimoglu. Aquí y allá, Berlín se transforma realmente en un “crisol”. Pero, a pesar de los numerosos “nuevos berlineses”, después de la caída del Muro las partes oriental y occidental de Berlín todavía no han llegado a unirse realmente.
Berlín tiene la mayor comunidad turca de Alemania, incluso la mayor fuera de Turquía. Los turcos de Berlín se han asentado en la parte occidental (particularmente en los barrios de Kreuzberg y Neukölln), no en la parte oriental, y están en alto grado integrados. En el “Carnaval de las culturas”, una fiesta callejera en la que participan millones de personas, esa polícroma escena se exhibe orgullosa. Alas le ha dado también la seductora imagen de una Berlín plural y paciente. Pero también existe la otra cara de la moneda: cada vez más jóvenes en los barrios obreros de Berlín y aquellos con un alto porcentaje de extranjeros continúan sin tener chances. Berlín, tradicionalmente una ciudad proletaria, vuelva a ser moderna también en ese sentido, es decir, como un laboratorio social para Alemania en general.
Música, arte, teatros, museos, todo ello proporciona a la ciudad ese encanto de metrópoli que casi hace olvidar que en muchos aspectos continúa siendo provinciana. Una aldea junto a la otra. ¿Es el techo que las une la “clase política” que se mudó hace ocho años de Bonn para aquí? Debates parlamentarios, la Gran Coalición, las agitaciones del día: todo ello compite en Berlín con muchos otros “eventos”. Y una cierta relativización ha sido también seguramente muy saludable. Berlín necesitaba imperiosamente un golpe de inspiración, calma interior, nuevo comienzo e –ironías de la historia– ello vino justamente “de provincia”, es decir, de Bonn. Ésa es la gracia histórica: la Alemania federal, policéntrica, con varias ciudades importantes, fue la que, con su vivaz provincialismo, volvió a insuflar a la capital el espíritu que ésta había perdido durante los años de la división.
Naturalmente, con la clase política llegó a Berlín también el ajetreo y la agitación aparente. Los medios de comunicación y la política se mueven a menudo en círculos, lo que no ha llevado, sin embargo, a que la “República de Berlín” se envanezca. Berlín es para todos una superficie de proyección, pero cada cual proyecta su propia imagen. ¿Es construida una “Topografía del terror” para mostrar a los visitantes de todo el mundo las propias contradicciones o para librarse sigilosamente de ellas? El Canciller Federal Gerhard Schröder veía en los lugares del recuerdo, y en Berlín en general, sobre todo la historia alemana. Para su sucesora, Angela Merkel –que vivió en la parte oriental como joven científica–, son un símbolo de la división y la reunificación.
Pero nadie puede afirmar seriamente que en Berlín se reinventó Alemania o que aquí se pone en escena un nuevo narcisismo nacional. No, en Berlín la Alemania reunificada retoma en forma sorprendentemente clara lo que la República Federal de Alemania aprendió en décadas. Quiere permanecer siendo civil y europeísta.
El mundo se reordena desde 1989 y desde el 11 de septiembre de 2001 y ello se retroalimenta a sí mismo. La ciudad se presenta moderna, pero también difusa. Es grande en lo pequeño, nueva en lo viejo, anticuada y contemporánea al mismo tiempo. Y expresa mucho del estado de ánimo de la República. No obstante, en Berlín siempre se quiso demostrar más de lo que se era y rayaría con un milagro que ahora fuera diferente. Ello hace el aire de Berlín: se mira hacia adentro y se piensa que se es el mundo… o por lo menos toda Alemania.












