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Epifanía y forma

El fútbol puede ser una cosmovisión y un objeto de reflexión de grandes mentes. El fútbol y los intelectuales: una estrecha relación al más alto nivel.

Jürgen Roth

¿Qué significa un muerto en una obra de Shakespeare en comparación con el decisivo gol de cabeza en el minuto 92?” preguntó un vez retóricamente el periodista cultural Helmut Böttiger, y el filólogo austriaco Wendelin Schmidt-Dengler argumentó en el mismo sentido para expresar su entusiasmo por el fútbol, un deporte sobre el que desde hace tiempo se habla en todos lados, en todas las capas sociales y entre hombres y mujeres más que el sobre el estado del tiempo, el tema número uno en la comunicación cotidiana: “Vergüenza, venganza, casualidad, ingenio, malicia, generosidad, virtud, infamia: temas comunes a los partidos de fútbol y la literatura mundial. (…) Sólo que: cómo terminan el Hamlet de Shakespeare o la Minna von Barnhelm de Lessing, ya lo sé, pero cuál será el resultado del próximo clásico entre el Rapid y el Austria, no lo sé. La ventaja estética y dramatúrgica del estadio sobre el teatro es categorial.”

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La cultura está obviamente de más: óperas, bibliotecas y museos pueden ser, sino derribados, por lo menos cerrados. Y ello porque, después de unos tres mil años de historia de las ideas, los “círculos educados” han hecho suyo lo que dijo Sepp Herberger, entrenador de la selección alemana campeona mundial de 1954 en Suiza, elevado por el corresponsal del diario F.A.Z. a la categoría de un Heidegger: “La gente va al estadio porque no sabe cómo va a terminar el partido”. Contra un argumento de esa envergadura nada pueden hacer ni un Goethe ni un Schopenhauer, cuya falta de atractivo de masas expresó con meridiana claridad el “Kaiser” Franz Beckenbauer: “Cuando leo, por ejemplo, a Schopenhauer, no lo entiendo.”

En vano advirtió hace noventa años el poeta Joachim Ringelnatz de la “locura del fútbol”. Y un lamento del lingüista Florian Coulmas se perdió sin eco en la “profundidad del espacio”, en la que el crítico literario Karl Heinz Bohrer había visto incursionar al genial Günter Netzer en 1972 en el estadio de Wembley. Coulmas escribió en el diario “Süddeutsche Zeitung”: “Hoy, los escritores no vacilan en ocuparse de la pelota y quienes la maltratan, como si ello fuera decisivo para el futuro de la humanidad. Los intelectuales del fútbol azuzan el fuego, le proporcionan al sinsentido una pátina de seriedad y limitan cada vez más los espacios libres de fútbol. ¿Por qué no pueden permanecer libres de fútbol por lo menos las páginas culturales?

¿Porque el fútbol es un fenómeno sui generis? ¿Una fascinación? ¿Un suceso en el que no sólo es lícito ver analogías con el gran arte, sino que prácticamente ningún espectador avisado las puede ignorar? ¿Y no localizó el escritor Eckhard Henscheid ya en los años 1980 “la estética pura de un genial regate o una pared perfecta en la tradición y el espíritu del ‘agrado desinteresado’ de Immanuel Kant como base del juicio estético”? Sí, lo hizo. El sociólogo Hartmut Esser estudió por su parte “la pared en el fútbol como sistema social” y llegó a la siguiente conclusión: “Las paredes en el fútbol son (…) construcciones autoreferidas y autoportantes”. Y de ello se deduce que la pared “es un proceso que –más allá de todos los episodios cooperativos y antagónicos– se procesa tanto como se procesa, pero luego efectivamente culmina”. Bajo una condición: “para que una pared pueda ser tiene que primero existir.”

Mientras que al escritor suizo lo fascina la idea de que la pelota simboliza la unidad de las semiesferas femenina y masculina, que en el mito de la creación de Platón desempeñan un papel decisivo, y el sociólogo Gunter Gebauer admira en su poesía del fútbol el acto artístico de dominar una pelota con el pie, los poetas Robert Gern­hardt y Albert Ostermaier prestan atención a un tipo específico de jugador, el guardameta. Quizás los hayan inspirado las reflexiones de Jean-Paul Sartre sobre el “buen guardameta” en su crítica de la razón dialéctica, en la que leemos sorprendidos: “El guardameta fue quien salvó varias veces a su equipo a través de acciones individuales, es decir, de una extralimitación de su poder en una práctica creativa.”

Sartre no olvidó agregar: “En el fútbol todo se complica por la presencia del equipo adversario”. Ello no impidió al filósofo del idioma Karl-Otto Apel, amigo de Habermas, explicar con gran alegría en una entrevista en televisión que el fútbol es de alguna forma “luminoso”, destellante, brillante, y que se apropia del alma, en todo caso más o menos así.

No, no hay nada que hacerle. Nadie puede ignorar ya el fútbol y menos lo puede ignorar el intelectual. El fútbol encarna la síntesis del sentido individual y de grupo, es comprensible y polifacético, esquemático y pleno de momentos fascinantes. “Un bonito juguete”, explica el filólogo Hans Ulrich Gumbrecht, profesor de la Universidad de Stanford, “es la epifanía de una forma compleja”. Una forma compleja es también la rima. El más importante de todos los poetas del fútbol, Ror Wolf, epiloga su libro “El próximo partido es siempre el más difícil” con la elegía “La última pelota”: “Calando el viento, cada vez más alejada / se ve volar rauda en el cielo / la pelota tersa y callada, / iluminada, pálida como la luna, / mecida como en la cuna: / distante ya de la tierra encantada.”

Jürgen Roth es escritor especializado en sátiras y fútbol. //

11.03.2010
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